Una mirada crítica al "cartel de la insolvencia"
Dos suicidas y un banquero
Mario Jinete Manjarrés – Abogado litigante
Crónica de un país donde las cifras hablan más fuerte que los silencios… hasta que el silencio se vuelve definitivo.
La escena mediática es conocida: micrófonos abiertos, titulares amplificados y una alarma institucional que se dispara desde las oficinas más altas del sistema financiero.
Esta vez, la voz provino de Jonathan Malagón, presidente de la Asobancaria, quien en entrevista con la cuestionada revista Semana denunció la existencia de un supuesto “cartel de la insolvencia”.
La palabra cartel no es inocente. En Colombia, ese término no describe solo una irregularidad: evoca delito, conspiración, ilegalidad organizada.
Es una trompeta. Un llamado al escándalo.
Según el banquero, la figura de la insolvencia de persona natural no comerciante estaría siendo abusada.
Que algunos la usan para evadir sus obligaciones. Que hay que encender las alertas.
Y mientras esa narrativa gana espacio en portadas y debates, otra historia —mucho más silenciosa, mucho más brutal— apenas logra abrirse paso en las redes sociales.
En la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín, el nombre de Jaime Alberto Ramírez Álvarez no era una cifra. Era un instructor deportivo. Tenía 68 años.
Su esposa, María Eugenia Álvarez, 65.
Ambos, después de entregar su apartamento el pago de deudas bancarias, en el conjunto residencial Andalucía, subieron hasta el piso 22.
No hubo ruedas de prensa. No hubo titulares de primera página. No hubo entrevistas.
Se lanzaron al vacío.
No huyeron de la ley. Huyeron de la angustia.
No escaparon de un proceso. Escaparon del abismo interior que produce la asfixia económica cuando no se ve salida.
Dos vidas menos.
Dos silencios definitivos.
Dos suicidas y un banquero
El contraste no es menor. Mientras desde los gremios financieros se cuestiona la existencia o el uso de la insolvencia, en la vida real hay personas que ni siquiera alcanzan a llegar a ella.
Porque la insolvencia —bien entendida, bien usada— no es un truco. Es un salvavidas.
Es la institucionalización de una verdad incómoda: que no todas las deudas pueden pagarse, y que no todas las crisis deben terminar en ruina moral, social o vital.
La parte débil de la ecuación
El crédito no es una relación simétrica. Nunca lo ha sido.
De un lado, entidades con músculo financiero, sistemas de riesgo sofisticados, capacidad de diversificación, provisiones, seguros y utilidades que, año tras año, se cuentan en cifras que rozan lo obsceno.
Del otro, personas naturales: trabajadores, pensionados, pequeños emprendedores, familias. Sujetos que no modelan escenarios macroeconómicos ni controlan tasas de interés.
Pretender que ambos están en igualdad de condiciones es, cuando menos, una ficción jurídica.
Por eso la insolvencia existe.
Por eso debe existir.
No es un cartel, es una válvula de escape
Hablar de “cartel de la insolvencia” generaliza, estigmatiza y distorsiona.Claro que pueden existir abusos. Como en cualquier figura jurídica.
Claro que hay conductas reprochables que deben investigarse y sancionarse. Pero convertir la excepción en regla es peligroso.
Porque el mensaje implícito es devastador: quien no puede pagar, sospechoso. quien busca alivio legal, casi delincuente.
Quien se acoge a la ley, estigmatizado. Y eso tiene consecuencias reales.
La insolvencia como acto de salud social
La insolvencia no es una trampa: es una salida civilizada. Así como existen cirugías bariátricas para quienes no pueden revertir por sí solos una condición extrema, también debe existir un “bypass financiero” para quienes han caído en una espiral de endeudamiento imposible.
No se trata de premiar el incumplimiento. Se trata de evitar la destrucción total del individuo.
Porque cuando el sistema no ofrece salidas, las personas las buscan en el vacío. Literalmente.
Una frase que resuena
Decía Eduardo Galeano: “A Jack El Destripador no le gusta que se vendan prótesis.”
La metáfora es incómoda, pero pertinente.
El sistema financiero ha gozado históricamente de mecanismos de rescate, reorganización y alivio. Empresas enteras han sobrevivido gracias a figuras concursales, concordatos, reestructuraciones.
¿Por qué entonces escandaliza que una persona natural tenga acceso a una herramienta similar?
Lo que no se dice
Lo que rara vez ocupa titulares es esto:
Que miles de procesos de insolvencia se tramitan de forma ética, legal y responsable. Que devuelven dignidad. Que permiten renegociar, ordenar, respirar.
Que evitan tragedias. No todas visibles. No todas cuantificables. Pero profundamente humanas.
Una posición clara
Quien escribe no habla desde la teoría. Habla desde el litigio. Desde la defensa de deudores. Desde ver, de cerca, la angustia que no sale en informes.
La insolvencia, usada con rigor ético y legal, no destruye el sistema: lo humaniza.
Atacarla indiscriminadamente no fortalece el crédito: lo deslegitima.
Entre el ruido y el silencio
Mientras algunos hacen ruido denunciando abusos, otros se apagan sin hacer ruido alguno.
Entre el titular y el vacío hay una distancia que no siempre se quiere ver. Hoy, esa distancia tiene dos nombres.
Dos edades.
Un piso 22. Y una pregunta incómoda que sigue flotando en el aire: ¿Cuántos suicidios más hacen falta para entender que la insolvencia no es el problema… sino, muchas veces, la última solución?
Mario Jinete Manjarrés
Abogado litigante
(320) 5742937