A pesar de todo… seguir confiando
Es muy difícil, por no decir imposible, encontrar a alguien que, en su historia de vida, no haya sido engañado, robado, estafado, frustrado, traicionado o violentado, de alguna forma, una o varias veces, bien por desconocidos como por cercanos.
Cuando somos víctimas de esas situaciones, nos confundimos y experimentamos múltiples y muy confusas sensaciones: nos sentimos débiles, burlados, vulnerables, incapaces, inocentes y hasta tontos.
Estas vivencias nos han ocurrido, creo, a todos, y son momentos en los que, hasta las personas de más fuerte carácter, maduras, muy cuidadosas y precavidas, también flaquean.
Así, por ejemplo, rabia, ira y desconsuelo se acumulan en nuestro ser cuando somos traicionados por un amor, nos incumplen una promesa, nos roban una propiedad, nos atracan, nos estafan en una compra o nos frustran un sueño, por citar momentos indeseables que vivimos.
Y nos enfurecemos, culpamos, lloramos, sentimos perdido alguno de nuestros propósitos de vida, pensamos que cosas trascendentales pierden sentido o, incluso, algunos consideran que no valdría la pena seguir adelante.
Porque se ha traicionado nuestra confianza, esa disposición natural a creer que lo que otros dicen, hacen, prometen y expresan, es sincera y se identifica con nuestras necesidades y expectativas.
Esa confianza, tan fácil de destruir, pero tan difícil de edificar, porque ha sido trabajada por un buen tiempo y perdida en un segundo.
Quienes nos incumplen, roban o traicionan, han tenido tiempo de conocer nuestras fortalezas, pero, sobre todo, nuestras debilidades.
Cuando estamos enamorados o confiados en un trabajo, o seguros en nuestras propiedades y con nuestros vecinos y amigos, entre otros, recorremos caminos que consideramos inexpugnables y estimamos que las otras personas son amigas y tendemos a “bajar la guardia”; esto es, a actuar desprevenidamente, sin dudas y asumiendo que los demás tienen nuestros mismos sentimientos y lógicas.
Desde esa mirada, quienes nos traicionan también actúan. Seducen nuestros sentimientos y/o nuestras ideas y confunden nuestro cabeza y/o corazón y se llevan algún tesoro.
Recurren a las pasiones o falsas argumentaciones para engañarnos y terminar robándonos algo muy valioso.
Y más allá del inmenso valor que nos signifique la pertenencia, el trabajo, el dinero, la propiedad o la promesa perdida, la confianza en los demás se deteriora enormemente y, de forma errónea, tendemos a generalizar (“no vuelvo a creer en…”), asumiendo que esa es la mejor forma de actuar para evitar volver a caer en esas situaciones.
Y si bien esa reacción es comprensible, no puede ser definitiva. Pasar de confiar a desconfiar de todos los demás deriva en situaciones incómodas, costosas y poco constructivas para nuestra propia convivencia y paz interior.
Nos llenamos de rencor, rabia, dejamos de colaborar, nos encerramos y no brindamos lo mejor de sí y dejamos de contribuir proactivamente con el desarrollo social y de nuestro propio entorno.
Es cierto que hay que ser prudente y tomar las medidas necesarias para evitar volver a caer en un robo, un engaño o un incumplimiento, pero hay que tener en cuenta que estas son situaciones imposibles de controlar totalmente.
Las ingratas experiencias deben enseñarnos a revisar nuestras conductas previas, para descubrir cómo y en qué nos hemos descuidado, hemos creído inocentemente, nos ha faltado prudencia e inteligencia para interactuar con los demás o no hemos escuchado consejos, entre otros aspectos que, así sea en medio del dolor, debemos replantear para seguir adelante y, de paso, dejar las penas y tristezas para volver a reír y seguir confiando, pese a lo acontecido.
Quedarnos enganchados en la rabia, la sensación de incapacidad, el sentirnos burlados y con el corazón herido, solo sirve para enfermar nuestro espíritu, apagar nuestra risa y nublar nuestra mente.
Como nos ha enseñado la propia experiencia, al mal paso hay que darle buena prisa. Solo quien logra recuperarse de estos golpes vuelve a confiar, con prudencia, paciencia y resiliencia, que combinados son la fórmula para ayudar a descongelar un corazón paralizado por el engaño.
Y también porque, como humanos, posiblemente en algún momento, hemos sido nosotros quienes nos hemos equivocado y traicionado la confianza de otros, y de corazón añoramos tener su perdón y la oportunidad de reivindicarnos.