Abuso de confianza informativa
La costumbre perniciosa, la adicción maníaca, el aislamiento individual y la disociación familiar, no son los únicos males en el uso de las redes sociales. El Facebook, los WhatsApp y el Twitter, se han convertido en armas peligrosas y efectivas contra el honor y la fama de las personas.
Lo grave es que esto ya hace carrera porque lo empiezan a estereotipar algunos personajes con poderes políticos y clasificados en la cima de la pirámide social, sin darles vergüenza de ser unos malos ejemplos para los consumidores de sus mentiras.
Si los verdugos del conflicto armado aceptaron de manera pública conceder a los familiares de las víctimas el derecho a conocer la verdad, también estarán obligados a hacerlo aquellos que atacaron el honor de las personas y tergiversaron la información. De ninguna manera la arrogancia del calumniador puede excusarlo argumentando que se trata de una mirada personal, que es una retaliación que merece su detractor y que obedece al ámbito subjetivo de la opinión libre, que también puede hacerla pública por estar igualmente amparado por el derecho a informar.
Pero con la calumnia no sólo se atenta contra el honor personal de alguien en particular, sino que también se actúa de manera infame contra la comunidad porque se le ha informado distorsionando la verdad. Carlos Soria, periodista español, invitado por la Universidad Pontificia Bolivariana a disertar sobre el tema de la ética en los medios, tiene este juicio contundente: “Desinformar, o lo que es igual, difundir aparente información, es un fraude social, un caso paradigmático de corrupción, un abuso de confianza informativa”.