Adolfo Vera, el amigo
El café Niza fue un lugar de encuentro en Cali: Ahí iban los nadaistas, encabezados por Jotamario Arbeláez y el Monje Loco, Armando Holguín, escritores como Eutiquio Leal y Max Rey, un canadiense llamado Anthony Sampson, un barranquillero marihuanero llamado Arrázola, que leía a un escritor poco leído en ese momento, llamado Gabriel García Márquez… Alrededor de esta gente mayor rondábamos unos estudiantes de bachillerato que teníamos inquietudes literarias y políticas, recuerdo a Miguel Yusti, también estaba Gérrimo, el editor, Carlos Jiménez, Ramiro Madrid y yo; en esas mesas nos conocimos con Adolfo Vera, quien escribía poemas y tenía una revista literaria.
En esas tardes nació mi amistad con Adolfo Vera, luego continuó cuando decidió irse a México a estudiar medicina. De esa época conservo unas cartas con las cuales tengo amenazado al ilustre cardiólogo, que es un humanista, un intelectual integral, que ha tenido la generosidad de cuidar a sus contemporáneos y estuvo al tanto de todo el proceso de enfermedad que liquidó a nuestro amigo Oscar Collazos.
Adolfo creó hace muchos años unas Tertulias Médicas que llegaron a convertirse en unos eventos portentosos, con asistencia de eminentes representantes de la cultura nacional e internacional. Vera con su liderazgo mantiene esas tertulias donde se combina la medicina, la poesía, la política, el cine y, por supuesto, la música.
Adolfo Vera es un amigo especial para todos. Para mí ha sido el mejor refugio, está al tanto de las crisis que ha sufrido mi corazón y de otras tantas dolencias, pero más que ese conocimiento específico, en el cual es una eminencia, uno encuentra siempre al amigo, el verdadero amigo, como pocos, porque quedamos de esa generación que cambió la historia de Cali.