Aguardiente
Por una gentil invitación del Hotel Spiwak tuve la oportunidad de compartir manteles con un grupo de columnistas de nuestra ciudad y escuchar de primera voz la situación de la Industria Licorera del Valle a través de su gerente, Mario Andrés Rivera.
No soy catador de vinos ni licores, sin embargo, dado mi actual quehacer en la industria de diversión nocturna, anhelaba conocer más sobre ese licor que nos distingue a los caleños: el Aguardiente Blanco del Valle.
Llamó mi atención el hecho de que hace más de una década se vendían veinte millones de botellas del mencionado licor, que en el 2015 solo se vendieron cerca de dos y medio millones de botellas y que para el 2016 se aspira vender diez millones de botellas. A la luz de estas cifras parecería que nos hemos vuelto los caleños mucho más abstemios o que nuestra preferencia por otros licores se ha disparado. Y ambas conclusiones son, como lo dicta la razón, desacertadas.
Lo que debería esperarse, por el crecimiento vegetativo de la población, por el aumento de la esperanza de vida, por el aumento del número de establecimientos de diversión nocturna, por la precocidad de nuestra juventud y por el posicionamiento del fenómeno de la rumba como patrón de identidad cultural, es que el número de botellas vendidas sea superior al de hace una década, contemplando incluso la inundación de licor foráneo. Doy fe como empresario que el Aguardiente Blanco no se vende, ¡lo compran!
Recuperar el mercado perdido que seguramente está siendo atendido por sustitutos no santos, debe ser prioridad. Conclusión: el modelo de distribución actual es ineficaz.