Barbas

Rodrigo Fernández Chois

“Escribe sobre la barba”, me sugirió mi hija después de confesarle que no tenía tema. ¡Porque no!

No me afeito hace un par de semanas, circunstancia que me hace dueño de una barba ligeramente rojiza. Hago remembranza y tal vez su origen se deba a un inconsciente sentimiento de luto por la pérdida de Platín, el pez más gordo de mi pequeño estanque. Una razón judaica para dejármela crecer. ¡Aunque de judío nada!

La barba se asocia con sabiduría, autoridad y masculinidad; atributos que datan desde la antigüedad; sin embargo, los romanos instituyeron la moda del rasurado masculino para diferenciarse de los barbudos griegos a quienes les conocieron manías raras. Y la moda imberbe fue general hasta que el emperador Adriano decide ocultar las cicatrices de su rostro dejándosela crecer. Sí, la barba oculta imperfecciones faciales de forma más estética y cómoda que una máscara, ¡razón poderosa!

Hay una teoría que asegura que la barba tiene su equivalente biológico con la melena del león. Su existencia –de la barba y melena- denotan testosterona y virilidad; y protegen  –cuello en caso del felino y maxilar en caso del homo- cuando  se presentan combates entre los jóvenes mancebos en procura del favor de las hembras. Teoría al fin y al cabo… No imagino diferencia alguna entre recibir una trompada con o sin barba. O peor aún, que el bruto combate sea la fórmula de emparejamiento de la era digital.

En fin y haciendo de lado la simbología estético religiosa que tenga a su haber la barba, debemos admitir que será el público femenino es el que tiene la última palabra sobre tan piloso tema.

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    miércoles 17 de agosto, 2016

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