Barbie
Eran los setentas cuando el Niño Dios me trajo un juguete que sería mi favorito: Un muñeco articulado, fiel reproducción del personaje de la serie “El Hombre de los Seis Millones de Dólares” o mejor conocida como el “Hombre Nuclear”. El héroe en cuestión, representado por mi juguete, era un astronauta que al regresar a la Tierra sufre un grave accidente en el que pierde un ojo, un brazo y ambas piernas; y qué gracias a la tecnología son reemplazados por piezas de alta ingeniería cibernética que le concedían habilidades sobrehumanas. Esa Nochebuena mi hermana recibió también del Niño Dios una muñeca articulada y del mismo tamaño que el mío, cuyo poder especial sería el de ser hermosa para los ojos de un niño como yo… ¡Esa muñeca era Barbie!
Fue un amor a primera vista el que surgió entre mi Hombre Nuclear –creo que era una extensión de mí mismo- y aquella encantadora Barbie. Me parecía fascinante la feminidad que estaba magistralmente incorporada en aquella delgada muñequita. Y más asombroso era todo el guardarropa de vestidos, zapatos y accesorios que contribuían a hacerla más femenina, más mujer.
¡¿Que puedo decir de lo sexy que eran sus largas y delgadas piernas en las que una sintética piel ocultaba las articulaciones que en mi muñeco nuclear estaban a simple vista?!
Fue entonces cuando descubrí que lo que es en extremo masculino –mi muñeco superhéroe de aquel entonces- sentía una fascinación por lo que era intensamente femenino: Barbie en todo el sentido de la palabra.
Dicho esto, podrán comprender por qué no me perderé por nada del mundo la película de Barbie.