Buenaventura entre balas y olvido
Buenaventura sigue siendo el retrato más doloroso de las contradicciones colombianas. Un puerto próspero que moviliza el 45% del comercio exterior del país, rodeado por una ciudad empobrecida, violenta y olvidada. El contraste es absurdo. ¿Cómo puede convivir la eficiencia global con la miseria local?
Las cifras no mienten. Más del 33% de sus habitantes viven en pobreza multidimensional. El desempleo estructural golpea al 43,5% de la población. La mitad no tiene acceso a servicios básicos como agua potable y alcantarillado. En 2023, Buenaventura registró una de las tasas de homicidio más altas del país. La educación no escapa al drama, solo el 35% de los jóvenes están matriculados en educación media.
El plan de choque anunciado por las autoridades locales tiene respaldo social y gremial. Pero no basta. El llamado al gobierno nacional es urgente. No puede seguir respondiendo con discursos ni operativos temporales. Es imperativo que cumpla los compromisos del Paro Cívico de 2017. Ese acuerdo, fruto de una movilización sin precedentes, es hoy la única hoja de ruta legítima hacia el cambio. Sin embargo, tras siete años, ha avanzado en el mejor de los casos en un 30%.
La violencia no se combate solo con pie de fuerza. Se derrota cuando el Estado llega con inversión, educación y servicios. Cuando las comunidades se sienten protegidas, no desplazadas. Buenaventura no puede seguir siendo solo el nombre del puerto. Debe ser también el nombre de un proyecto de país que apueste por su gente, por su dignidad y su derecho a vivir en paz.
El futuro de Buenaventura no puede seguir esperando. Porque cada día de abandono es un día más en que gana la ilegalidad y se pierde la esperanza.