¿Cali, capital del postconflicto?
Aceptemos por gracia de la tradición, que somos la capital de la Salsa. Que ninguna ciudad del mundo atesora bajo la forma de cultura popular todas y cada una de las expresiones de la música antillana y la salsa de New York. Saquemos pecho porque todavía a pesar de muchas dificultades el turismo internacional llega a Cali a ver bailar Salsa y a aprender los pasos básicos del “bailao caleño”.
Digamos que somos universales, porque alguna vez Jairo Varela compuso el “Cali Pachanguero”. Finalmente gocemos de alegría porque después de sesenta años y superando múltiples conspiraciones somos la memoria universal de la Salsa, que no ha sido retirada del imaginario caleño, ni siquiera por los que se adueñaron del Petronio Álvarez.
Por esta razón es que causa extrañeza, que además de lo anterior el centralismo bogotano haya decidido ungirnos como la capital del Postconflicto. Este destino no solo nos coloca en la ruta de múltiples calamidades sino que nos convierte en el punto de llegada de todas y cada una de las variables que integrarían las lógicas de construir la paz. La situación de Cali no deja de ser preocupante. Forma parte del ranking de las ciudades más violentas del mundo, con una taza de más de 60 homicidios por cada cien mil habitantes y un promedio de 6 diarios. La informalidad marca el 70% del empleo.
La movilidad es un síntoma de una ciudad atrasada, donde el transporte público ha fracasado renunciando a la tarea de reurbanizar la ciudad. El desplazamiento interno y la extorsión se han convertido en una constante. La inequidad social y la falta de oportunidades son casi que una asignatura en la vida cotidiana.
El postconflicto tal como lo entienden desde Bogotá, es un cheque en blanco que se expide para que las cadenas de desplazados lleguen a Cali y se unan a los excombatientes que se asentaran, buscando oportunidades de trabajo, pero por sobre todo seguridad, para su proceso de reintegración.
Todo este destino solo es viable en los deseos y en las virtualidades de los tantos foros y debates que se realizan en el sector público, en el empresarial y en el académico, donde el despliegue de imaginación desborda los mandatos de la cruda realidad y los imperativos económicos de unos municipios y un departamento que tendrán que hacer esfuerzos heroicos para acomodar su plan de desarrollo al libreto ya no de bailar salsa, sino de llevar el ritmo de un tumbao, que como el postconflicto, no danza a los acordes de la trompeta, sino bajo el ruido ensordecedor del llanto de los desposeídos. Será posible tanta belleza?