Cali, salsa y control
En la salsa convergen nuestros sentidos: se compone, se escucha, se baila, se investiga, se fundamenta, se atesora, pero lo más importante es que nos alegra y energiza.
Los primitivos descubrieron en la percusión los sonidos que evolucionarían hasta que siglos más tarde las orquestas perfeccionarían. Si el tango sedujo a los oídos paisas y los ritmos tropicales a los caribeños, la salsa desde que llegó de contrabando por Buenaventura parecido lo hizo con los caleños.
Tuvo gran trascendencia cultural, que a la pequeña aldea y sucursal celeste dedicada a escuchar boleros, la salsa la llevó a ocupar con Nueva York y Puerto Rico el podio de las ciudades que en los años sesenta coinciden al definir su identidad urbana.
Varios intelectuales valoraron su memoria y le hicieron sus registros literarios, históricos y fílmicos: Umberto Valverde (Bomba camará -1972-), Andrés Caicedo (Que viva la música -1976-), Alejandro Ulloa (La salsa en Cali -1992-), Medardo Arias Satizábal (La verdadera historia de la salsa -2012-), Chus Gutiérrez (Ciudad Delirio -filme 2014-). Los coleccionistas evidencian que, además del museo Jairo Varela, Santiago de Cali es el gran museo mundial que atesora toneladas de grabaciones originales.
Los Festivales Mundiales de la Salsa le pregonan al mundo que tenemos centenares de escuelas de salsa que configuran una gran industria cultural que también nos hace merecedores del título de universidad de la salsa. En otrora los intelectuales caleños iban a La Sorbona en búsqueda del saber. Ahora los sabios parisinos vienen a escuchar salsa y aprender a bailarla. Parodiando a Los Hermanos Lebrón, cantemos: ¡Cali, salsa y control!