Corrupción galopante
Como lo dice el refrán: criamos fama y nos echamos a la cama. Nos familiarizamos con las noticias sobre corrupción que ni siquiera trascienden de nuestro asombro. Con nuestra indiferencia aceptamos el deshonroso ranking de vivir en el segundo país de los más corruptos del mundo. Todavía no dimensionamos el significado y las consecuencias del fenómeno de la corrupción.En cambio, cuántas veces hemos repetido que “una manzana podrida corrompe a las demás frutas de la canasta”. Sin vacilación le gritamos “ladrón” y también perseguimos al raponero que corre con un bolso ajeno. Le hemos gritado “pervertido” a quien irrita con su conducta dañina.
Con simpleza sobre los políticos referimos que son “corruptos”, sólo como desquite. No nos percatamos de que el término corrupción recoge en cabeza de los “delincuentes de cuello blanco”, empotrados de empleados públicos, varios apelativos: corrompidos, pervertidos, ladrones, criminales y expoliadores. Cuando la corrupción galopa desde el poder es síntoma de enfermedad crónica del Estado que puede dejar putrefacto al país. Las cosas llegan al colmo que se volvió “legal” contratar la prestación de servicios que le corresponden directamente al Estado y eximir de impuestos en contraprestación que banqueros financiaron las campañas políticas.
Por eso dudemos cuando algún candidato adorne su discurso diciendo que “gobernar es el arte de servir”. El Estado entra a cuidados intensivos cuando el legislativo se alía con el ejecutivo en corruptela y los entes de control pierden su esencia fiscalizadora. Claro que el virus de la corrupción empieza a incubar cuando el ciudadano vende su voto.
Entre las consecuencias más notables de la corrupción, podemos señalar que: deslegitima a los gobiernos, se convierte en barrera del desarrollo social, fracasan las políticas sociales, aumenta el endeudamiento mediante empréstitos, se ahonda la brecha de la pobreza y la coerción estatal impone la fuerza para acallar la protesta.
En los gobiernos corruptos predomina el nepotismo, se institucionalizan la ilegalidad y las injusticias, aumenta la burocracia estatal, se decretan nuevos impuestos, la sociedad se vuelve tolerante, predomina la cultura del soborno y se pierde la credibilidad del sistema político democrático. “Historias de la corrupción”, de Ricardo de la Cierva, (Planeta. 1992), es un estudio sobrecogedor sobre este mal más letal que la pandemia.
La corrupción viene desde los banquetes griegos del amor, la depredación romana, el tríptico medieval (autocracia, iglesia y cultura) y en las exploraciones ultramarinas. Álvaro Ávila Bernal, en “Corrupción y expoliación en América Latina” (Grijalbo. 1987), señala que echó raíces desde la independencia y luego en la determinación de los límites con el expansionismo de unos estados sobre los más débiles.
Continuaron con la corrupción los gobernantes que entregaron la explotación de los recursos naturales y mineros al imperio extranjero. Como lo analizara Eduardo Galeano, “le abrieron las venas a la América Latina”. La corrupción sólo empezó a extinguirse cuando maduraron las democracias latinoamericanas, se modernizan los estados y avanzan los partidos de oposición. Pero pareciera que somos la excepción, la corrupción se afincó en Colombia cuando personajes toman la política como empresa rentable que los beneficia y enriquece ilícitamente.
La gravedad de la corrupción está en la pérdida de valores, en la desvergüenza de los gobiernos y el olvido del pueblo que es utilizado cada cuatro años. Cómo es posible que sigamos eligiendo a congresistas que prefieren no debatir los proyectos de ley anticorrupción y que no censuran a los funcionarios corruptos.
Si queremos evitar que el Estado colombiano toque fondo, habrá que denunciar a los “delincuentes de cuello blanco” y castigarlos el día de elecciones. Si no, la corrupción seguirá galopante.