Criollos y poder político
La rebelión comunera de 1781 fue el antecedente más importante para la ruptura posterior con la dominación española. Estaban impugnando los gravámenes excesivos, el impuesto del azumbre, y el de la Armada de Barlovento los acabarían de acogotar. Los comuneros se confiaron en medio de la negociación con Caballero y Góngora y les ralentizaron la marcha estancándose en Zipaquirá, firmaron unas capitulaciones y les incumplieron. Traición, engaño y celada mortal para luego descuartizar al líder máximo, José Antonio Galán. La derrota significó al mismo tiempo un fracaso a la forma de asociación que venían implementando los pequeños comerciantes, los artesanos, mestizos, un buen número de labradores y zambos, entre otros. O sea, los de abajo en la estructura social y política. Escribió Guillen Martínez que en todos los movimientos comuneros se observó una tendencia exacerbada a reclamar autonomía administrativa regional y a rechazar por inútiles o perjudiciales las medidas de uniformidad fiscal o financiera que ejecutaban las lejanas autoridades virreinales.
A finales del siglo XVIII apareció en el contexto del régimen colonial el modelo asociativo de La Hacienda, reemplazando al modelo de la encomienda, con la que los españoles habían sujetado, administrado y dominado a los habitantes del Virreinato. Muchos criollos se habían convertido en terratenientes y prósperos comerciantes, además presionaban a los españoles peninsulares para que les abrieran espacios, participación en la administración pública y poder así ir suprimiendo el poder administrativo madrileño. El mercantilismo había diezmado a los artesanos porque el ingreso de mercancías les quitaba ventas en el mercado y las exportaciones se hacían con productos de las haciendas. Entonces, desde finales del siglo XVIII la hacienda reemplazó otras formas de asociación.
En otro de sus libros afirmó Fernando Guillen Martínez que La Hacienda como asociación dominante y como sistema característico de status-roles, va convirtiéndose rápidamente en el modelo sobre el cual se calcan las relaciones sociales y se organizan las formas asociativas y los valores del prestigio. Todas las pautas del comportamiento se ordenan en esta dirección. La iglesia, las propias estructuras comerciales, el contexto de la vida familiar, reproducen en varios niveles las normas de movilidad social y los requisitos para el poder, engendrados por La Hacienda.