Cristo Rey en llamas
Confieso que lloré cuando me enteré que Cristo Rey ardía en llamas. Tuve la buena suerte de haber vivido mi niñez en Terrón Colorado, cuando todavía no era barrio sino vereda municipal y entre los registros de mi curiosidad infantil estaba él protegiéndonos con sus brazos abiertos. Estrené la escuela Ulpiano Lloreda, junto a la vía al mar y de cerca, con fe, asombro y alegría, me familiaricé con Cristo Rey.
Los niños aprendíamos las tablas de multiplicar encomendándonos al Señor, quien desde la cima con sus brazos abiertos acogía nuestras peticiones.
Me asombré la primera vez que subí y de cerca pude observar la monumental imagen. Me sentí un Pulgarcito y con creatividad infantil hice una analogía entre su proporcional altura y su grandeza celestial.
Viví muchas alegrías porque mensualmente subíamos en maratón hasta Cristo Rey, tuvimos esa suerte los alumnos del maestro Armando Escobar que le encantaba programar esta actividad deportiva.
También recuerdo un 12 de octubre que toda nuestra escuelita ascendió al cerro a plantar 200 árboles, cada niño vivió la experiencia de haber cumplido con su primer deber humano y sólo quedaba pendiente tener un hijo y escribir un libro.
Fue irrepetible por orden de la Secretaría que lo consideró riesgoso en tiempos del monstruo de los mangones. Quedó reinando la erosión, la inseguridad y los pirómanos.
A nadie se le ha ocurrido emular a los brasileros para que Cristo Rey figure como el principal sitio turístico de Cali. Señor perdona a los pirómanos porque no saben lo que hacen y a los gobernantes porque no saben lo que tienen.