Cuidar el proceso de paz
Santos perdió del todo el temor a Uribe y su Centro Democrático como partido de oposición. Sabe que más que cuidarse de las críticas por las conversaciones de La Habana, debe cuidar el proceso de paz para que no se deshaga. Y aun cuando realice cualquier acto loable, lo van a criticar.
Santos tiene la mayoría obtenida en las urnas y tiene el poder, entonces su apuesta por la paz debe concluirla. Con esta reflexión está claro que debe avecinarse el cese bilateral del fuego, antecedido de gestos de desescalamiento.
El Gobierno sabe que a la población no se le puede dejar expuesta a más violencia.
Dirigir la Fuerza Pública y las operaciones militares no significa impartir órdenes para dar plomo en todo momento.
La guerra tiene sus tiempos, espacios y lugares de confrontación y también de respiro. Mucho más si se trata de una guerra interna con un diálogo político en una mesa acordada con el contrincante.
Si las condiciones cambian y el cese al fuego contribuye al avance de los diálogos de contenido definitorio, los ataques pueden disminuirse y practicar un desescalamiento proporcional a los gestos que hace el contrincante.
Es una etapa de forcejeo en la lucha que surge de forma regulada para terminar los acuerdos pretendidos, que se pueden dañar por la correlación y efectos entre el campo de batalla y las aspiraciones vertidas en la mesa de los diálogos.
El desescalamiento (no escalar más, no intensificar, no agravar) o desactivación dosificada del conflicto se puede concebir con una voluntad conjunta y aparejada: al unísono y proporcionalmente. Pueden ser micropactos para aliviar la confrontación sin ceder todo, mientras se avanza en las conversaciones.