De sazonar vómitos
En mayo del 2012 el diputado antioqueño Rodrigo Mesa manifestó que invertir recursos públicos en el Chocó equivalía a “meterle perfume a un bollo”.
Lo que quiso ilustrar de manera albúmina el señor Mesa era que por la condición de excreción que él consideraba tenía el Chocó, de poco serviría lo que se hiciera e invirtiera en ese territorio por hacerlo ver, oler y parecer mejor, pues su hedor, su inmundicia y su suciedad prevalecerían.
El pasado 2 de octubre el presidente Juan Manuel Santos sometió a aprobación del constituyente primario el que él consideraba era un delicioso y suculento plato social cuya preparación había requerido seis años de trabajo y especial dedicación por parte de sus más destacados chefs políticos.
Aspiraba el Presidente a que una vez sometido a consideración de los comensales colombianos ese supuesto manjar, el manifiesto gusto de las mayorías por ese guiso resultase en un contundente mandato para que lo convirtiera en alimento nacional. Pero ese platillo tan solo fue asimilado por un ínfimo 13% de los comensales, el 87% restante lo vomitó, lo devolvió, no lo digirió…
No obstante y el irrebatible resultado adverso, tanto el Señor Presidente como sus aliados decidieron que el vómito de esa escudilla igual se convertiría en alimento nacional.
Y desde entonces, de manera tan desesperada como caprichosa, lo han sazonado con todo tipo de esencias y especias, desde noruegas nobilísimas, hasta académicas, honoríficas, y ahora del Congreso y de las altas cortes, para ver si logran hacérselo tragar al país. Tan inútil e infructuoso como perfumar un maloliente bollo, es pretender sazonar un nauseabundo vómito.