Del impulso al tropiezo: las razones de la derrota de Paloma Valencia
La historia de la candidatura presidencial de Paloma Valencia tiene dos capítulos claramente diferenciados. El primero es el del crecimiento y la consolidación. El segundo, el de una serie de decisiones estratégicas que terminaron alejándola de la segunda vuelta presidencial.
Cuando inició su aspiración a la Presidencia de la República, Paloma Valencia aparecía con niveles modestos de intención de voto. Sin embargo, la consulta de la derecha cambió completamente el panorama.
La coalición logró movilizar cerca de cinco millones de votantes (algo más de tres millones solo de ella) y la candidatura de Daniel Oviedo superó el millón de sufragios. Ese resultado permitió que Valencia obtuviera visibilidad nacional, legitimidad política y un impulso importante en las encuestas.
Durante varias semanas se instaló una percepción clara: Paloma Valencia era la candidata con mayores posibilidades de representar al votante histórico de derecha en Colombia.
Parecía estar encontrando el camino hacia una eventual disputa por la Presidencia. Sin embargo, fue precisamente después de la consulta cuando comenzaron los problemas.
El primer gran error fue la incertidumbre alrededor de la fórmula vicepresidencial. Los acuerdos de la coalición apuntaban a que Daniel Oviedo debía acompañarla, pero la decisión tardó cerca de una semana en definirse.
En política, una semana puede parecer poco; en una campaña presidencial es una eternidad.
Ese tiempo de espera frenó el impulso que había dejado la consulta y generó dudas sobre la cohesión del proyecto político.
Posteriormente aparecieron diferencias profundas entre ambos sectores. Las posiciones frente a temas relacionados con la familia, las parejas y la adopción evidenciaron que los votantes de Paloma Valencia y los de Daniel Oviedo no necesariamente compartían la misma visión de país.
La coalición que había funcionado para una consulta comenzó a mostrar grietas cuando llegó el momento de construir una candidatura presidencial unificada.
A partir de allí se produjeron varios errores estratégicos. Uno de ellos fue no enviar una señal clara de unidad hacia el electorado de derecha frente al crecimiento de Abelardo de la Espriella.
La campaña tampoco logró recuperar parte del voto que comenzaba a migrar hacia ese proyecto político. Por el contrario, algunas decisiones terminaron alejando aún más a esos sectores.
También hubo dificultades en el manejo de la relación con el expresidente Álvaro Uribe Vélez.
Primero, por momentos pareció que la campaña intentaba tomar distancia de su figura; después, dio la impresión contraria, como si una eventual presidencia fuera una extensión automática de su liderazgo.
Ninguno de los dos mensajes terminó siendo efectivo. El resultado fue una narrativa confusa para un electorado que buscaba claridad.
Otro error importante fue la confrontación directa con la campaña de Abelardo de la Espriella. Algunos líderes de opinión cercanos al uribismo, dirigentes políticos e incluso integrantes del equipo estratégico de Paloma terminaron entrando en una disputa pública permanente.
En una campaña presidencial el activo principal es el candidato. Cuando la conversación se traslada a las peleas entre equipos y voceros, normalmente se pierde el foco. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Paradójicamente, los momentos en los que la campaña pudo confrontar de manera más efectiva a su principal rival por el voto de derecha no fueron aprovechados.
La batalla digital, que terminó siendo decisiva en esta elección, fue ampliamente dominada por Abelardo de la Espriella.
Su campaña entendió mejor los códigos de las nuevas audiencias, las dinámicas de las redes sociales y el lenguaje que consumen los votantes más jóvenes.
Finalmente, los cambios en el equipo estratégico durante los últimos días de campaña transmitieron una sensación de improvisación.
Modificar mensajes, reposicionar adversarios y cambiar el tono cuando faltaban pocos días para la elección terminó generando más incertidumbre que resultados.
Aun así, sería un error concluir que el expresidente Álvaro Uribe Vélez es uno de los grandes derrotados de esta contienda.
Perdió su candidata, sí, pero el Centro Democrático sigue siendo una de las principales fuerzas políticas del país y conserva una representación determinante en el Congreso de la República.
Lo que sí parece evidente es que el liderazgo de la derecha colombiana está atravesando una transición.
La influencia política de Uribe continúa siendo relevante, pero la capacidad de movilizar electoralmente una candidatura presidencial ya no es la misma.
Hoy, la evidencia indica que una parte importante de ese electorado encontró una nueva referencia política en Abelardo de la Espriella, quien emerge como el principal heredero de ese espacio ideológico y como el nuevo protagonista de la derecha colombiana.