Diatriba contra plagiario sentado
Hoy no traigo apologías. Cargo una “diatriba social contra un plagiario sentado”. La frase está entrecomillada porque parodia un texto de García Márquez: Diatriba de amor contra un hombre sentado. Preguntarán: ¿esta vez por qué un hombre sentado? Mi diatriba es social, no es de amor. Acojo el aporte del lector que me aclaró que “son muy distintos los comportamientos de los estudiantes cuando responden sus tareas, que la conducta del plagiario cuando viola la ley al apropiarse del conocimiento ajeno”. También es cierto que ningún docente admita conductas plagiarias. Si el profesor le pregunta al niño quién le ayudó a hacer la tarea, espontáneamente dirá que su mamá. Si, además, quiere saber de dónde sacó las respuestas, sin vacilación responderá que de Google. Entonces es abismal la diferencia con el político plagiario, quien, a pesar de los facsímiles de pruebas en las redes, seguirá negándolo públicamente, repetitivamente, sin importar que cada tres o treinta negaciones cantarán todos los gallos en Colombia. Pero… ¿será llevado a los estrados judiciales? Diferenciemos los casos del niño recursivo y el legislador plagiario. Gravísimo es que el político plagiario haga parte del Congreso. ¿Qué podemos esperar de legisladores plagiarios? Si se sirve de una tesis robada para atentar contra la propiedad intelectual, no sería extraño que se sirva de leyes para plagiar derechos sociales. Ahora sí mi diatriba. El plagiario es un pequeñito e insustancial ser y, lo peor de todo, que oculto atenta contra la propiedad intelectual. ¿Será que en su infancia al descubrirse que le hacían los deberes escolares, respondía que la tarea se la metieron al pupitre? El político plagiario en pleno siglo XXI es un filibustero escaso de talento, no se percata que ya pasó el tiempo de los piratas y llega al colmo de exponerse a ser desnudado en público de los trajes nuevos de emperador o de reina, pero ambos ajenos. Apenas empecé a aplicar la igualdad de géneros, pero los hechos punibles son más explícitos que el escribir cumpliendo los mandatos constitucionales sobre las reglas gramaticales sexistas. Ayúdenme con la economía de palabras, cada alusión machista la extiendan a feminista. Ni es obediencia, ni simple capricho, es pertinencia más en estos días. Continuemos: ¿Qué hará en el congreso un ingenuo legislador plagiario, que se toma en serio el título del libro “El plagio como una de las bellas artes”, de Manuel Francisco Reina? ¿Lo entendería? Preguntarle a un plagiario, es como arar en el mar. Si no tiene ideas propias, menos expondrá argumentos. El político está tan enseñado a plagiar votos, que se siente con autoridad para soslayar la propiedad intelectual. Claro que hay otra clase de plagiarios, son los camuflados como escritores, que apenas son copistas frustrados que, al no fluirles ideas, disfrazaron un estilo con frases robadas. Pero es más alarmante el político plagiario, particular y burdo, porque deja huellas de su asalto y sigue tan campante dispuesto a cometer otra clase de plagios, acorazado con un título malogrado o nulo. El político plagiario no sólo ofendió al autor, violó patrimonio público intelectual, su afrenta nos afectó a todos. En síntesis: un escritor plagiador es una especie de carterista con cosquilleo, en cambio, el político plagiario, es el peligroso delincuente de la noche, afortunadamente a veces detectado por las cámaras. Insólito sería que primero condenen el cosquilleo y al peligroso delincuente no lo investiguen o le prescriban la pena. Finalizo mi diatriba: Plagiario, ser minúsculo, manoseador, violador, incapaz de pedir ideas prestadas, también saqueador de mi valioso tiempo. Recuerden: cada diatriba debía extenderse a femenino. Perdonen lectoras: ustedes sí son damas honestas.