¡Dios permita la Vacuna!
Voy de un dial a otro alternando programas radiales. Recorro portales de medios de comunicación y cuentas de twitter de personajes de la vida pública y la polémica sigue candente.
La pregunta común: Qué hace cada gobierno en distintas naciones del mundo para asegurarle a su población la vacuna contra el covid-19 y cómo jugará Colombia en ese competitivo mercado para hacerse a ésta, con sentido de oportunidad y sin dormirse en los laureles.
Que si se le apostamos -a riesgo- a la vacuna rusa, o esperemos mayor trazabilidad…que si negociamos solos, o en bloque y desde ya, junto con otros países de América que tengan similitudes en nuestra limitada capacidad económica …que si para empezar se le cree a la vacuna de Putin sin las suficientes pruebas que la validen científicamente o se espera, con los riesgos que tiene no anticiparse en una negociación temprana a la adquisición de la añorada solución definitiva para vencer al enemigo invisible que tiene al mundo en vilo y cada día nos arrebata más vidas.
La discusión genera muchas preguntas sin respuestas absolutas y todos quisiéramos viajar al futuro para conocer el final de la historia y acabar la incertidumbre; pero hay algo que de unos días para acá me viene generando más angustia que la de no conocer cuándo podremos tener noticia de una fecha cierta para disponer de la bendita vacuna contra el Covid en todas las regiones de Colombia.
Creo que hoy, además de disponer de la anhelada vacuna contra el Coronavirus, todos necesitamos vacunarnos contra el odio. Y pienso que usted empieza a leerme bien(entiéndase ”interpretarme”) si coincidimos en que tan fácil como contagiarse de una amenaza biológica en plena pandemia, puede resultar contagiarse de lo que se propaga por estos días a velocidades inimaginables (miedo, resentimiento, rencor y odio) cuatro palabras que no quisiéramos nombrar, pero que quizás sea efectivo visibilizar para despedir, o al menos para ser conscientes de la necesidad de borrarlas de manera que podamos reemplazarlas por aquellas que encarnen todas las emociones que giran entorno a la comprensión, el perdón, la reparación, la compasión y el amor.
Si hubiera vida en otros planetas y como en las películas de ciencia ficción la batalla fuera contra especies de otras galaxias, estaríamos quizás todos los humanos de este planeta, buscando reconocernos en medio de las diferencias para amar un bloque de poder indestructible donde el país o nacionalidad no importan tanto como defender la vida.
Leí con escalofrío trinos de personajes subestimando la vacuna rusa por provenir de un país socialista, otros discutiendo por eventuales alianzas colombo – cubanas para integrar nuestro talento humano de profesionales de la salud a la de médicos de Cuba y así, todo lo que ideológicamente nos pone a pelear por estas latitudes.
Coincido en que no se puede poner en juego el bienestar y garantías laborales (precarias y muchas veces inexistentes de nuestros médicos connacionales) pero salir a destilar odio contra rusos, cubanos o venezolanos,- pienso-, no habla bien de nuestra grandeza humana. Recordemos que: Lo que Pedro dice de Juan, habla más de Pedro que de Juan.
Independiente de si la vacuna definitiva proviene de Estados Unidos, China, Rusia, Japón, o vaya usted a saber, de ninguno de los anteriores y otro País nos dé la sorpresa, usted y yo debemos entender que en distintas naciones del Planeta, hoy tenemos mentes brillantes de personas que han entregado su vida a la ciencia, esa palabra tan sofisticada como subestimada en este País; científicos que nunca ganaron como un artista o futbolista famoso y hoy el mundo proclama como una esperanza de todos.
En la ciencia está nuestra salvación. ¡Si! Nuestra salvación a la amenaza biológica que nos arrincona y doblega; pero quizás hay una vacuna inédita de auto-producción, que emerge de la voluntad de cada individuo y solo de cada uno depende compartir solidariamente: la vacuna contra el odio. Ésta reproduce automáticamente anticuerpos que permiten que su organismo vibre en una condición especial de empatía, solidaridad, comprensión y compasión.
La vacuna contra el odio aniquila los prejuicios, los espíritus justicieros y la indiferencia ante el dolor ajeno. Pone en primer plano y prioriza el bienestar colectivo, la capacidad de entender los efectos que no compartimos, como el resultado de las causas que desconocemos.
Esa vacuna, entiéndalo, nos hace también más humanos y entre más humanos podremos trascender al punto de dejar huellas positivas que nos inmortalicen. Presiento que la vacuna contra el Covid está cerca, ya viene. Quiera Dios que no aplacemos ahora, el antídoto contra el odio que depende de su voluntad y la mía. ¡Dios permita esa vacuna!.