Dos soledades, segunda parte
En la enseñanza de la lengua castellana ocurre algo parecido que, con la metodología de las ciencias sociales, se puede caer en actitudes extremas: pegarse a las reglas gramaticales o explayarse en la lúdica de la literatura. En historia, unos profesores hacían inventarios de batallas y periodos presidenciales. Otros, analizan problemas sociales sin su contextualización cronológica.
El Ministerio de Educación encargó a una comisión de expertos, pedagogos, historiadores y docentes, la misión de reformar los programas de ciencias sociales con la tarea prioritaria de revivir la historia. ¿Acaso también eso se necesite para la lengua castellana? Puede leerse una obra literaria y coetáneamente extraérsele las oraciones y los párrafos.
Igual que los sujetos, los predicados, los complementos, los sustantivos, los verbos, los adjetivos y los adverbios. Sin abandonar la gramática y el vocabulario, ni privar a los niños de la emoción de cuando escuchamos narraciones literarias.
Además, se necesita pensar en estrategias integradoras con otras asignaturas. En la primera parte de mi columna propuse a los profesores de lengua castellana que organizaran con sus estudiantes la dramatización de conversatorios, tomando como libreto el diálogo que sostuvieron Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa en la Universidad Nacional de Ingeniería del Perú, en 1967.
Ellos se preguntaron sobre “Cien años de soledad”, contaron anécdotas familiares, reseñaron novelas y hasta hablaron de política latinoamericana. Leyendo el libro “Dos soledades”, recordé los tiempos de estudiante cuando conté con profesores que hacían enamorar de la literatura y nos preparaban para que unos años después, ya como universitarios, asistiéramos receptivos a las conferencias en los auditorios.
Fuimos afortunados de hacer el bachillerato en tiempos del Boom de La Literatura Latinoamericana, cuando todavía los planes lectores no eran laberintos de libros impuestos por el mercado editorial. En segundo de bachillerato, leímos “María”; en tercero, “Cien años de soledad”; en cuarto, “Pedro Páramo”; en quinto, “El Quijote de la Mancha” y en sexto, la “Ilíada”, la “Odisea” y lo más representativo de la mitología griega. Las editoriales no lanzaban novedades bibliográficas para luego imponerlas con publicidad, porque su escogencia la hacían los docentes guiados por su propia experiencia lectora y por la crítica literaria.
Además de degustar los clásicos universales, de repente fuimos abrazados por el boom literario latinoamericano. Recuerdo esa mañana que, en la Normal Departamental de Varones, mi maestro Mario Zúñiga llegó al salón de clase con la primera edición de “Cien años de soledad”, alegre de contarse entre los compradores madrugadores con suerte y, colectivamente, empezamos la novela como asistiendo a un ritual.
De entre sus páginas brotaban José Arcadio, Úrsula, Remedios La Bella, Melquiades, los gitanos y demás personajes del realismo mágico. Agradezcámosle a Alfaguara por su empeño de rescatar “Historia de un deicidio” de Mario Vargas Llosa, el ensayo más completo sobre “Cien años de soledad” y su autor.
Y por publicar, 54 años después, tomado de la cinta magnetofónica, el primer diálogo público sobre la novela en América Latina, sostenido entre los dos grandes exponentes del Boom de la Literatura Latinoamericana. Ya lo dije, a quienes aún éramos adolescentes cuando eso ocurrió, la reciente publicación ahora nos transporta imaginariamente al auditorio de la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima Perú.
La lectura del conversatorio, transcrito a formato de libro titulado “Dos soledades”, nos permite comprobar el poder de la palabra, tanto que saldó la deuda que exigíamos que alguna vez nos cancelasen. Nos motivó a releer el realismo mágico que nos embrujó cuando éramos muchachos. También, que este hecho editorial provoque un renacimiento literario que favorezca a las nuevas generaciones.