Editar sigue siendo una fiesta
Hay profesores que a alguna vez a un alumno le vaticinaron que sería escritor. Pero puede suceder que el talentoso estudiante deje sus bellos poemas, su riguroso ensayo o su novela en un cuaderno de notas o en el archivo de su computadora y sólo lo disfrutarán sus amigos más confidentes.
Su vocación queda congelada. Le pudo haber faltado orientación de parte de sus admiradores o haber sufrido escasez económica para ver realizado su sueño.
Enric Bou, en el libro “CUANDO EDITAR ERA UNA FIESTA”, recopiló cartas que Jaime Salinas, reconocido editor español, dirigía a sus colegas convocándoles la solidaridad con los escritores y su empeño de vencer la desidia cultural.
En Santiago de Cali, muchos de nuestros escritores son salvados por Lizardo Carvajal, él es su partero, que les hace sentir la emoción de nacer al mundo de las letras y les permite vean la luz siendo siempre bien recibidos por muchos lectores.
Mediante su Casa Editorial Poemia, Lizardo revela lo que estaba secreto u oculto, condenado a malograrse. Lizardo es un auténtico cristiano porque continúa con la misión de hacer que “el verbo se vuelva carne”.
Lo que son siete mogollas de harina cruda, ocultas en un cuaderno de apuntes viejo o en la memoria de un computador, nuestro editor empuja a los autores a que se arriesguen a salir del anonimato.
Lizardo Carvajal, con la diligencia confiable del amigo, les pide que autoricen su publicación, para sacar sus escritos al público, él emula el milagro divino de la multiplicación de los panes para saciar a la muchedumbre hambrienta de conocimiento y de placer inteligible.