El autogolpe de los robagallinas
Actuando con el mismo ímpetu desvergonzado de los robagallinas que esquilmaron las arcas del estado los últimos cuatro años, el presidente Petro pretende dar un autogolpe para impedir la posesión del presidente electo.
Advertí en crónicas anteriores que con Petro no se podía tener confianza democrática porque en cualquier momento podría darle al proceso electoral una puñalada marranera y dañar el clima hasta evitar la posesión de quien los votos ciudadanos escogerían para reemplazarlo.
Impúdicamente lo ha hecho. Aferrado a la tesis, hasta ahora imposible de probar, que los algoritmos manipulados de los escrutinios permitieron a los consulados en Estados Unidos llenar las urnas de votos abstractos firmados al unísono y acompasadamente por los numerosos agentes diplomáticos del gobierno colombiano en ese país, considera entonces al nuevo presidente como electo por la vía fraudulenta.
Como tal y muy al estilo de los viejos leninistas, ha presentado una solicitud al Consejo de Estado para que anule la elección y, con una perversión del mal perdedor, solicita a la misma alta Corte que suspenda precautelativamente la posesión el 7 de agosto.
Mientras tanto alienta a quienes votaron por él a que marchen por las calles el 20 de julio para homenajear al Ejército de Colombia, tratando de meter los fusiles como cuña fastidiosa a su favor dentro del proceso puesto que pretende, sin duda alguna, anularle la capacidad a las fuerzas armadas constitucionales del deber de proteger el resultado de la votación que proclamó el Consejo Nacional Electoral.
El plan ha sido craneado siguiendo las normas que enseñó Lenin y que precipitaron la revolución comunista.
Tanto que el presidente electo no ha vacilado en llamarlo golpe de estado, pero es a la historia a quien le tocará bautizarlo como el autogolpe de los robagallinas de Petro.