El cerro
“Subamos hoy al cerro”, me instó mi esposa. Sucedió justo en la mañana del martes del famoso halo solar. Recordé que hacía quince años una novia me convenció de emprender la mencionada subida porque había notado que mi cintura -a la altura del ombligo- estaba ganando centímetros de grasa, ganancia que no agregaba sexappeal a mi cuerpo treintañero.
Si accedí en ese entonces por un infantil orgullo masculino, ¿por qué diablos no lo iba a hacer ahora? Y contesté “sí” a al reto de mi esposa, que dicho sea de paso está entrenando para la famosa carrera de la mujer que se llevará a cabo en Cali el próximo diecisiete de mayo.
Lo primero que noté al iniciar el ascenso fue el cambio que ha experimentado esa zona de la ciudad en quince años.
Urbanizaciones por doquier, pavimentación, vigilancia policial y una romería de fanáticos deportistas de todos los pelambres y edades. Empecé a subir intentando sostener el ritmo de mi pareja que iba unos pasos adelante. ¡Dios mío! A la altura de las torres eléctricas sentí que se me salía el corazón.
“¿Estás bien Amor?”, “¡Perfectamente!” Contesté con cara circunspecta bañada en sudor. Y seguí ascendiendo. Paso a paso escalé el famoso cerro de las Tres Cruces. Quería detenerme; que va, ¡quería devolverme!, pero un no sequé me hizo comparar esa escala con la vida misma.
¿Acaso la vida no es justamente un reto de escalar una cima personal? Entonces respire con calma y replanteé mi estrategia de ascenso, estrategia que opera exactamente igual para cualquier otro reto: pacito constante, no detenerse, no mirar atrás y por nada del mundo rendirse. Llegué al fin a la cima y pude comprobar que las tres cruces aún siguen ahí, que sí se quiere se puede y que nada mejor que una buena compañía para lograr un propósito.