El eterno discurso del mal perdedor

Wilson Ruiz Orejuela

Si el sistema funciona cuando se gana, también funciona cuando se pierde. Dudar sin pruebas es desinformación. Lo demás es ruido.

Hay algo que ya raya en el absurdo. Es el mismo cuento cada semana. La misma retórica, los mismos señalamientos, las mismas advertencias apocalípticas y el mismo intento de mantener al país instalado en la confrontación permanente.

¿Cuál es la necesidad? ¿De verdad alguien cree que una nación puede avanzar si todos los lunes amanece con una nueva razón para desconfiar de sus propias instituciones?

Hay quienes parecen haberse acostumbrado a una extraña dependencia del conflicto. Si el ambiente se calma, lo agitan. Si la tensión disminuye, la reviven.

Si el país intenta pasar la página, vuelven al mismo capítulo. Como si la confrontación fuera un combustible político inagotable.

Pero sí se agota. Se agota la paciencia de los ciudadanos. Se desgasta la confianza.

Y, sobre todo, se pierde la capacidad de distinguir entre una alerta legítima y una estrategia para mantener al país en estado permanente de agitación.

Lo preocupante es que ese ambiente de confrontación ya empieza a producir consecuencias reales.

La suspensión del proceso de empalme entre el gobierno saliente y el entrante es una señal preocupante, porque el empalme no existe para beneficiar a un presidente u otro.

Existe para garantizar que el Estado no se detenga, que la información fluya y que los colombianos no terminen pagando el costo de las disputas políticas.

Las guerras civiles no comienzan necesariamente con el primer estallido. Muchas empiezan cuando la política deja de reconocer adversarios y empieza a fabricar enemigos.

Cuando el discurso cotidiano convence a miles de personas de que las instituciones ya no merecen confianza, de que el otro no es un contradictor sino una amenaza, y de que la confrontación es el único camino posible.

Colombia ya recorrió ese sendero durante demasiados años como para olvidar adónde conduce.

La historia demuestra que las sociedades no se rompen de un día para otro; se fracturan lentamente cuando el resentimiento sustituye a la razón y la sospecha reemplaza a la evidencia.

El problema de vivir instalados en el drama es que llega un momento en el que nadie escucha.

El exceso de alarmas produce el mismo efecto que la alarma de un carro que suena todas las noches: al principio todos salen a mirar; después nadie le presta atención.

La credibilidad también tiene un límite, y cuando se gasta, recuperarla toma mucho más tiempo que destruirla.

Quizá ha llegado la hora de intentar algo verdaderamente revolucionario en la política colombiana, aceptar que perder también hace parte de la democracia.

Sin discursos incendiarios, sin convertir cada derrota en el comienzo de una cruzada permanente.

La grandeza de un dirigente no se mide únicamente por la forma en que gana, sino por la manera en que asume una derrota y contribuye a preservar la estabilidad del país.

Colombia necesita menos dirigentes obsesionados con mantener viva la confrontación y más líderes capaces de cerrar capítulos para abrir otros nuevos.

La democracia no se defiende sembrando miedo, ni alimentando sospechas eternas, ni manteniendo al país dividido entre buenos y malos.

Se defiende respetando las reglas, cuidando las instituciones y entendiendo que ningún proyecto político vale más que la tranquilidad de una Nación.

Porque el eterno discurso del mal perdedor ya no genera indignación. Apenas provoca cansancio.

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miércoles 8 de julio, 2026

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