El juramento

Rodrigo F. Chois

A veces la ficción consigue explicar el poder mejor que la propia historia.

Ocurre en la película Calígula, donde Malcolm McDowell, el inolvidable protagonista de La naranja mecánica, interpreta al demente emperador que se burla constantemente de la masculinidad de Casio Querea, el tribuno al mando de la Guardia Pretoriana.

Cansado de las humillaciones, Querea decide un día desobedecer al tirano. Calígula comprende de inmediato que quien pierde la obediencia de quienes empuñan las armas también pierde el poder.

Sin alterarse, destituye a Querea delante de todos y asciende a su segundo al mando.

Acto seguido le imparte su primera orden: arrestar al hombre que acaba de reemplazar.

El nuevo jefe militar obedece sin vacilar. Es ficción pura, pero encierra una verdad inquietante: el poder solo existe mientras quienes tienen la capacidad de hacerlo cumplir continúen reconociéndolo.

La historia real fue aún más elocuente: Después de la conspiración que terminó con la muerte de Calígula, mientras el Senado romano debatía sobre restaurar la República, Claudio —el tío del emperador, a quien este consideraba un simple incapaz— permanecía escondido detrás de una cortina del palacio imperial, convencido de que sería la siguiente víctima.

Pero ocurrió algo que cambió la historia de Roma: los soldados de la Guardia Pretoriana lo encontraron y lo proclamaron como el nuevo César.

Han pasado casi dos mil años y las transiciones del poder siguen planteando la misma pregunta: ¿a quién pertenece, en realidad, la lealtad de las instituciones encargadas de proteger el orden constitucional? En una República, la respuesta solo puede ser una: a la Constitución que juraron defender, por encima de cualquier hombre, gobierno o ideología.

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martes 7 de julio, 2026

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