El museo de las alegrías
Los domingos y festivos tienen un particular encanto. No sólo porque podemos dormir hasta tarde o ver casi que cualquiera de las modernas series televisivas de un solo tirón mientras disfrutamos de un domicilio que tira al trasto la dieta de la semana.
También son encantadores porque podemos –en caso de tener críos en casa- buscar opciones de esparcimiento que suelen brindar las grandes ciudades que se precien de serlo.
No me refiero a los centros especializados que se enclavan en centros comerciales, no. Hago memoria de museos, zoológicos, circos y teatros en los que mi generación hallaba deleitación.
Recordé el festivo pasado nuestro museo de ciencias naturales. De niño me encantaba admirar a los especímenes del reino animal que ahí se encontraban disecados. Y a pesar de mi aprensión con la taxidermia, disfrutaba detallando sus formas, colores, pieles e incluso las canicas que daban vida a innumerables pares de ojos.
El museo de ciencias naturales de Cali en ese entonces fue algo mágico para mí. Y me marcaría a tal punto que lo primero que haría al visitar Nueva York, antes de la obligada escalada al Empire State, sería ingresar a su Museo de Ciencias Naturales.
El pasado lunes festivo quise llevar a mi entenado Sebastián a visitar nuestro museo de ciencias naturales. La triste y frustrante sorpresa al arribar al parqueadero del museo fue descubrir por boca del guarda que la exhibición de ciencias naturales no abre los festivos.
Mientras conduzco a casa bastante resignado se me viene a la cabeza un pasaje del libro Vivir Adrede de Mario Benedetti… “sólo echamos de menos un museo de alegrías”.