El naufragio
Todo apunta para que una vez más la posibilidad de adelantar una reforma política en el Congreso de la República sucumba, como otras veces ha ocurrido. Esta reforma generaría condiciones legales y fácticas para que nuevas expresiones políticas tengan juego en nuestra estrecha democracia, entre ellas el nuevo partido de las Farc.
Algunos teníamos la ilusa aspiración que esta reforma fuese tramitada y aprobada por las mayorías parlamentarias, no con la misma agilidad como tramitaron en la pasada reforma tributaria y el incremento de los tres puntos del IVA, que agravó la situación de los colombianos al impactar su capacidad de compra, pero que finalmente lo harían, no solo por la importancia que esta tiene para remozar nuestro vetusto sistema político, sino porque esta reforma es esencial para el cumplimiento del Acuerdo de Paz que el presidente Santos suscribió en el Teatro Colón como representante del Estado colombiano.
Pero esta esquiva posibilidad era como pedirle al diablo la hechura de las hostias. Hasta comprensible resulta su desgano. Alterar las reglas del juego en medio de la campaña para conformar el “nuevo” Congreso, resulta riesgoso, podría sacar del cómodo letargo a quienes ya tienen sus curules aseguradas, para los que la campaña es solo el ámbito aburrido y costoso para renovar un mandato que, ejercen bostezando y contestando a lista en las mullidas sillas del capitolio.
La vieja clase política no se va a autoreformar, seguirá en modo de reposo, sin importarle que el país sea hoy una olla a presión que pita demandando cambios a riesgo de estallar. La reforma política es tan urgente como la jubilación fast track de sus opositores.