El reto de gobernar desde las regiones

Wilson Ruiz Orejuela

Colombia no comienza ni termina en Bogotá. Colombia está en los campos del Meta, en los puertos del Caribe, en las montañas de Antioquia, en las selvas del Amazonas, en los municipios olvidados del Pacífico y en cada rincón donde millones de ciudadanos trabajan todos los días esperando que el Estado llegue con oportunidades y soluciones.

Por eso, el gran desafío del nuevo presidente será entender que gobernar a Colombia significa gobernar para sus regiones.

Durante años, muchos territorios han sentido que las decisiones nacionales se toman desde los escritorios de la capital sin escuchar suficientemente las realidades locales.

Las regiones conocen mejor que nadie sus necesidades, sus potencialidades y los obstáculos que frenan su desarrollo.

Por eso, la construcción de un país más próspero exige una relación cercana, permanente y respetuosa entre el Gobierno Nacional, los gobernadores y los alcaldes.

El éxito del próximo gobierno no dependerá únicamente de lo que ocurra en Bogotá. Dependerá, sobre todo, de la capacidad de construir una relación seria, respetuosa y efectiva con los mandatarios regionales.

Gobernar de espaldas a las regiones sería un error que Colombia no puede volver a cometer.

Las grandes regiones del país tienen desafíos urgentes. La Costa Caribe reclama inversiones en infraestructura, agua potable y competitividad portuaria.

Antioquia exige respaldo a sus proyectos estratégicos de conectividad y desarrollo industrial. El Valle del Cauca necesita recuperar la seguridad y fortalecer su capacidad exportadora.

Los Santanderes demandan más impulso para la producción energética y agroindustrial. Los Llanos Orientales requieren vías que les permitan convertirse en una verdadera despensa nacional. El Eje Cafetero necesita apoyo al turismo, al emprendimiento y a la modernización del campo.

Pero Colombia no puede reducirse a las regiones más visibles. Hay departamentos que históricamente han sido olvidados y que merecen estar en el centro de las decisiones nacionales.

Guainía, Vaupés, Amazonas, Vichada, Guaviare, Putumayo, Chocó, Arauca, San Andrés y muchos otros territorios no pueden seguir esperando que el desarrollo llegue algún día.

Allí también hay colombianos que pagan impuestos, que sueñan, que emprenden y que merecen oportunidades.

La seguridad deberá ser una prioridad transversal. Ningún proyecto social, económico o educativo prospera cuando los grupos criminales controlan territorios, extorsionan comerciantes o limitan la movilidad de las comunidades.

Las regiones necesitan un Estado presente, con fuerza pública fortalecida, justicia eficiente y capacidad institucional para recuperar espacios que durante años han sido abandonados.

La salud también exige respuestas concretas. En muchos municipios, conseguir una cita especializada, acceder a medicamentos o recibir atención oportuna sigue siendo una odisea.

Lo mismo ocurre con la educación, donde miles de jóvenes de las regiones apartadas continúan enfrentando enormes barreras para acceder a la formación técnica, tecnológica y universitaria.

La relación entre el presidente, los gobernadores y los alcaldes debe estar guiada por la cooperación y no por las diferencias ideológicas.

Los ciudadanos eligieron autoridades para resolver problemas, no para protagonizar disputas políticas permanentes. Cuando los distintos niveles de gobierno trabajan juntos, gana la gente.

Cuando se enfrentan entre sí, pierden las comunidades.

Nuestro presidente Abelardo de la Espriella tendrá la enorme responsabilidad de escuchar a cada región, atender sus necesidades y garantizar que ninguna vuelva a sentirse olvidada.

Ese debe ser el verdadero propósito de un gobierno nacional.

Porque al final, más allá de las diferencias políticas, las fronteras departamentales o las distancias geográficas, hay una verdad que debe orientar cada decisión pública: Colombia somos todos.

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miércoles 24 de junio, 2026

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