El Testigo

Leonardo Medina Patiño

Llegué al museo La Tertulia y me topé con él de frente. Pequeño, risueño, de lentes grandes que le cubren la mitad de su rostro. Pelo ensortijado, camisa azul, pantalón claro y sandalias, que le dan aire de universitario inquieto.

Saluda con su hablar apaisado. Me estrecha la mano sonriendo, y continúa la visita guiada con una peregrinación que le sigue en silencio. Me uno a ella.

Nos pasea por cada una de las salas mostrándonos las fotos que él ha tomado en mitad del fragor del combate, o próximo a subirse a un avión que recoge a desplazados, y las explica con esa emoción que genera el arte.

Explica, denuncia, calla. Nos mira como si pasase examen a sus espectadores. Retoma su seductor monólogo.

    Muestra una imagen que me ha puesto a reflexionar en lo que es el perdón. Se trata de un anciano de 94 años de edad, arrodillado. Solo en mitad de un lote de terreno, bajo un sol canicular, orando, con una bolsa en la mano. A unos metros de él, una pequeña habitación con diminutas ventanas.

    Nos dice Jesús Abad Colorado, el testigo, con su voz quebrada (que logra superar), que ese señor oraba por los restos de su hija que estuvo allí secuestrada, y perdonaba a quien le hizo ese daño. Nos dijo, también, que esa bolsita que tenía el señor en sus manos, estaba llena con hojas de almendro que tomó del mismo árbol sembrado contiguo a la celda donde estuvo su hija. Lo hacía, en señal de agradecimiento por haberle dado algo de sombra, en ese calor insoportable, mientras elevaba su plegaria.

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    miércoles 4 de marzo, 2020

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