Elogio a los libros viejos

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Elogio los libros viejos cada vez que estos me seducen. Así, cuando estoy aburrido o cansado, acudo a autores agotados que me alegran, entre otros, por ejemplo, busco los de Jota Mario Arbeláez, Juan Esteban Constaín o Julio Cesar Londoño.

Sospecho que escribieron inspirados por el ocio y pensando cambiar las caras largas de sus lectores. Esta vez escogí “Calamares en su tinta”, de Juan Esteban Constaín, pero no es ninguna carta de restaurante para satisfacer hambres marinas, sino el ameno libro que creo el ilustre payanés escribió en su momento más feliz.

En ejercicio del octavo derecho del lector, entre los diez propuestos por Daniel Pennac: lo picoteo en la página 312, me llamó la atención su título de “Cofres viejos”, un capítulo en defensa de los libros viejos.

Pienso que esos párrafos dan sentido a mi apodo de “Catador de libros”: mi biblioteca está llena de ejemplares que adquirí en librerías de leídos.

Confieso que prefiero los libros viejos porque su sabiduría es análoga a la de mis amigas adultas y, traen otros legados: notas en sus márgenes, subrayados, recortes de páginas sociales, estampillas, formulas, recibos, billetes antiguos, obligaciones prescritas, pétalos y demás hallazgos entre sus páginas.

Así, de acuerdo al trato que también recibieran de sus antiguos dueños, tampoco sus páginas tienen arrugas, ni su encuadernación está desajustada.

Para acabar mi rara manía bibliófila, mis amigos y amigas, me dicen que los libros viejos atraen a las polillas. Pueda que sí, pues estas carcomas no los persiguieran si fueran sin olor, insípidos y sus páginas frívolas.

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viernes 6 de septiembre, 2024

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