Equivocarse es de humanos
Dice un refrán que “no hay nada que enseñe más que equivocarse y reconocer que nos hemos equivocado”.
Pues eso es lo que está sucediendo en Perú y Chile, donde eligieron mandatarios de pensamiento izquierdista, no importa si maoístas, estalinistas, trotskistas o leninistas, al fin y al cabo la esencia de cada una es la misma.
Dos países que viven situaciones adversas, tensas, donde predominan la incertidumbre y el caos que, como es lógico pensar, no permite tranquilidad en el diario vivir.
En Colombia estamos casi en la misma situación, a punto de caer en lo mismo de los dos países mencionados, con un valor agregado en uno de los candidatos, quién cuenta en su entorno más cercano, más íntimo, con un buen número de reconocidos personajes de la política nacional que no eran de trayectoria izquierdista; por el contrario, se movían como peces en el agua en los partidos tradicionales y luego se trasladaron a esos movimientos derechistas que fueron creándose con las reformas constitucionales que eran lideradas por “famosos” políticos que aprovecharon esa coyuntura para convertirse en jefes únicos y ver si podían ser presidentes o, al menos, tener un nicho que les permitiera negociar ministerios y otros cargos directivos.
A esos se les denominó saltimbanquis, los que se acostumbraron a saltar de una rama a otra sin rasguñarse pero, eso sí, algunos lograron obtener harto billete y muchos lujos sin que la justicia los arropara, pues esta también está sesgada y politizada tal como la tildan en algunos salones de caché en los que fraternizan y calculan el futuro de la nación.
Sí, hemos vivido en democracia, con todos los defectos del mundo, gracias, precisamente, a esa clase de políticos tradicionales que no previeron que Colombia, siendo hermosa, con todo lo necesario, merecía mejor futuro y, lógicamente, fueron apareciendo mentes turbulentas, con una ideología desaparecida por Mijail Gorbachov, líder ruso, que hoy nos tienen al borde de perder derechos adquiridos y las libertades en todas sus condiciones.
Por tanto, tenemos dos posibilidades para elegir: una que representa el conocido esquema de una posible dictadura, que puede ser de doce años (que seguramente serán más ya con el poder en la mano) como lo ha propuesto en diversas ocasiones el candidato de izquierda y, otra, representada en un señor que se vino con todo contra la corrupción, esa que no nos deja pelechar y, hablando con un estilo propio, de acabar con muchas inequidades que nos han impuesto políticos de antaño.
Debemos ver más allá de nuestras narices para que no tengamos que ser otro país suramericano arrepentido y alevosamente refundido.