Gabo

Leonardo Medina

Recuerdo que llegaba esa tarde a la casa de campo del abogado Jairo Ramos, era semana santa, cuando la noticia cayó frente a su recién llegada novela “Agonía de un adolescente”, que evocaba sus años de secundaria en Tuluá, en el gimnasio del Pacífico: Gabo había partido para siempre. Genovevo, su asistente, lo anunciaba desde México.

Medardo Arias-Satizábal, algunos meses después, en una cena sápida en su apartamento, me decía con esa voz pausada, cantada – si se quiere-: “ahí está pintado el Gabo, haber conseguido un asistente de nombre Genovevo”. Reímos.

Van ocho años de su ausencia física, cumplidos el pasado 17 de abril. Y volví a algunos de sus textos, de su obra periodística, de sus luces narrativas, cargadas en ciertos pasajes de poesía.

Hablé con Armando Barona y otros amigos de sus enseñanzas en la escritura. Una de ellas no cargar de adjetivos un texto. Por supuesto que esa tendencia barroca nuestra hace que esa tarea sea abandonada sin querer. María Victoria García de Cruz, cuando lee alguna de mis columnas, me llama al orden, como siguiendo el mandato Garciamarquiano.

No se me puede olvidar también una recomendación que Roberto Burgos decía una noche en una librería en Cartagena, en pleno Hay Festival, cuando presentó El médico del emperador y su hermano: “Gabo me decía- dijo Burgos Cantor- no escribas frases en borrador. Siempre púlelas, termínalas”.

Aquí evoco su memoria, sus aportes a la literatura siempre tan necesaria, y que sus mariposas amarillas de Mauricio Babilonia nos sigan deleitando en el paisaje tan lleno de trampas, de guerras, de bullicio.

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jueves 22 de abril, 2021

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