Galimatías moral
Asumir la posición de censor moral de la sociedad resulta una filosa arma que se puede devolver en contra de quien la empuña, porque ser el adalid de la ética y la moral implica exhibir cualidades de hombre probo, sin manifestaciones de sombra alguna sobre las actuaciones tanto públicas como privadas. Por ello me resulta incomprensible que Viviane Morales, Alejandro Ordoñez, Obdulio Gaviria, Ray Charrupi, Fernando Londoño, Andrés Pastrana y algunos patricios del Partido Conservador asuman esa postura como si fueran ciudadanos inmaculados.
Enjuiciar los comportamientos humanos y las decisiones jurídicas que benefician a muchos partiendo del sesgo ideológico y la moral personal, arroja serias dudas sobre la intención de quien juzga.
Dictaminar si una conducta es o no racista, si una decisión jurídica es objetiva o subjetiva, si una negociación pacifista es ajustada a ley o antijurídica no son asuntos de shows mediáticos o de diatribas con el concurso del micrófono.
Corremos el riesgo que al avalar las ideas de algunos de estos desinteresados ciudadanos caigamos en persecuciones fóbicas y sectarias como históricamente ya sucedió.
Cuando Adolfo Hitler convenció al pueblo alemán de acompañar sus ideales, se presentó como un hombre que quería reducir las minorías privilegiadas en el entramado social de ese país y miren a donde llegó esa sociedad.
Cada tirano en el poder ha sido precedido de un candidato moralista, hábil con el discurso populista, con propuestas superficiales y que invita a ejercitar una cruzada ideológica y moral con el concurso de sus conciudadanos.
Solo me resta invitarlos a reflexionar sobre como las ideas y quienes las promueven forman un solo conjunto.