La diferencia no debería convertirse en enemiga
Hace algunos días publiqué una columna de opinión. Lo hice con la tranquilidad de quien escribe desde la reflexión y no desde la coyuntura.
Sin embargo, para mi sorpresa, algunas personas interpretaron mis palabras como un respaldo a una candidatura o como una posición política frente al resultado electoral.
Nada más distante de lo que quise expresar.
Escribí ese texto porque veía algo que me preocupaba mucho más que una elección: el deterioro de nuestra capacidad para reconocernos como seres humanos cuando pensamos distinto.
Vi amistades romperse, familias enfrentarse y personas descalificarse mutuamente por una decisión política.
Y me pregunté si realmente vale la pena perder al otro por una diferencia.
Quienes me conocen saben que nunca he sido una mujer de silencios cómodos. He dedicado buena parte de mi vida a defender los derechos de las comunidades afrocolombianas, de las mujeres, de las personas LGBTIQ+ y de quienes históricamente han vivido la exclusión y la pobreza.
Lo he hecho desde los movimientos sociales, desde la academia y desde el servicio público. Esa trayectoria me ha enseñado que las luchas sociales no tienen sentido si terminan reproduciendo las mismas exclusiones que buscan transformar.
Precisamente por eso nunca he creído en las posturas completamente inamovibles.
No porque me falten principios, sino porque he aprendido que escuchar no es renunciar y dialogar no es claudicar.
Una de las capacidades que más valoro en mi vida ha sido la de negociar. Gracias a ella he logrado construir acuerdos, abrir puertas y alcanzar resultados para las poblaciones que he tenido el honor de representar. Negociar no significa abandonar las convicciones; significa comprender que ninguna sociedad se transforma desde la imposición permanente y que los acuerdos también son una forma de justicia.
Hay una sola postura sobre la que no estoy dispuesta a ceder: el reconocimiento de la dignidad humana. Esa sí es una convicción innegociable.
Creo que debemos aprender a construir desde la diferencia, pero antes de hablar de convivencia hay un paso previo que pocas veces nos atrevemos a dar: reconocer que la diferencia tiene derecho a existir y a ser.
No necesita nuestra autorización, nuestra aprobación ni nuestra simpatía para ocupar un lugar en la sociedad. Ese derecho no depende de que pensemos igual, votemos igual, amemos igual o vivamos igual.
Quizá ahí está uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. Hemos aprendido a defender nuestra propia diferencia, pero todavía nos cuesta reconocer la del otro cuando cuestiona nuestras certezas.
Sin embargo, la democracia, los derechos humanos y la posibilidad misma de construir una sociedad comienzan justamente allí: cuando entendemos que nadie tiene la obligación de parecerse a nosotros para merecer respeto.
No sueño con un país donde desaparezcan las diferencias. Sería un país sin creatividad, sin pensamiento crítico y sin posibilidad de transformación.
Sueño con un país que comprenda que la diferencia no es un problema por resolver, sino una condición humana por reconocer.
Porque solo cuando aceptemos que toda diferencia tiene el derecho de existir y de ser, podremos construir una sociedad verdaderamente libre, profundamente democrática y auténticamente humana.
Sobre la autora…
Johana Caicedo Sinisterra es una líder social comprometida con el bienestar y la transformación de vidas. Es profesional en Filosofía, magíster en Educación y doctora en Humanidades.
Desde el servicio público, ha trabajado por la igualdad, las oportunidades y la construcción de una sociedad más humana y justa.