La esperanza también necesita testigos
En días recientes hemos sido testigos de la inmensa tragedia que viven nuestros hermanos venezolanos.
Y, si dirigimos la mirada al resto del mundo, el panorama tampoco parece alentador: inundaciones, sequías, guerras, corrupción y toda clase de atrocidades ocupan los titulares.
Ante semejante realidad, surge una pregunta inevitable: ¿todavía vale la pena creer en la humanidad?
Confieso que yo mismo, en más de una ocasión, he respondido que no. Basta mirar alrededor para sentir que todo marcha mal y que el futuro no promete algo distinto.
Sin embargo, justo cuando estoy a punto de convertir esa impresión en una verdad absoluta, ocurre algo que siempre termina desarmando mi pesimismo.
Aparece un gesto de bondad. Un acto de generosidad que estalla con la fuerza de mil bombas atómicas, pero sin hacer ruido.
No abre los noticieros ni ocupa las primeras páginas de los periódicos. Sucede en silencio, casi siempre protagonizado por personas anónimas.
En medio de la desolación alguien decide tender una mano. Un voluntario, un médico, una madre, un vecino, un sacerdote, un joven o un anciano hacen lo que consideran correcto sin esperar reconocimiento.
Entonces comprendo que esas personas son los verdaderos testigos de la esperanza.
¿Por qué esos gestos conmueven tanto? Porque nos recuerdan que el mal no gobierna el mundo.
La maldad existe y no podemos ignorarla, pero tampoco podemos permitir que eclipse la inmensa cantidad de bien que cada día florece silenciosamente.
La reciente movilización de países, organizaciones y miles de ciudadanos para socorrer a nuestros hermanos venezolanos es una prueba de ello.
Más allá de las diferencias políticas o ideológicas, fueron seres humanos ayudando a otros seres humanos. Esa imagen vale más que cualquier discurso.
También puedo decirlo desde mi propia experiencia. A lo largo de mi vida he sido receptor de la generosidad de muchas personas.
En los momentos más difíciles siempre apareció alguien dispuesto a ofrecer una palabra, una mano o una oportunidad. Por eso me resulta imposible creer que la bondad haya desaparecido.
Quizá la esperanza no se mantiene viva por las grandes decisiones de los poderosos, sino por esos hombres y mujeres sencillos que cada día eligen hacer el bien. Son ellos quienes sostienen silenciosamente el mundo.
Jesús nos enseñó que cuando somos capaces de amar al prójimo como a nosotros mismos, el Reino de Dios se hace presente entre nosotros.
Tal vez esa sea la mejor respuesta para estos tiempos: convertirnos en testigos de la esperanza. Porque el bien existe, la solidaridad sigue viva y, mientras haya un corazón dispuesto a amar, siempre habrá razones para seguir creyendo en la humanidad.