La guerra del fin del mundo

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Cuando Mario Vargas Llosa publicó, en 1981, “La guerra del fin del mundo”, una de sus destacadas novelas, los jóvenes todavía no asimilaban la dimensión de ese título. En nuestra niñez aprendimos canciones y juegos que incluyeron la palabra guerra, pero que la inocencia de la infancia no dejaba que intuyéramos siquiera una idea remota de su real significado.

“Mambrú se fue a la guerra, / chiquitín chibirim chin chin chin/ Mambrú se fue a la guerra, quizá cuando vendrá/ ja ja ja ja ja / Quizá cuando vendrá/ Vendrá para la Pascua, /chiquitín chiquitín chin chin/ Vendrá para la Pascua/ O para la Trinidad. Ajá ja ajá ja/ O para la Trinidad/”. Y jugábamos el tradicional “Cojín de guerra”, organizándonos en dos bandos para perseguirnos, semejando a gatos cazando a los ratones. Después, entre los programas de entretenimiento, veíamos en la televisión al popular Saúl García animando su programa de concurso “Guerra de estrellas”.

La guerra nos provocaba alegría porque no dimensionábamos en lo mínimo la destrucción, las muertes, la miseria y el dolor de la acción más inhumana entre los hombres. En el colegio la asignatura de historia se limitaba a contar las guerras como inventarios con fechas y lugares donde ocurrieron tales actos de heroísmo. Cuando estudiamos las dos guerras mundiales lo que más nos llamó la atención fue que el mundo se lo repartieron las dos potencias. Los profesores de literatura nos confundían porque lo que más les interesaba era explicarnos la belleza de la poesía épica de Homero, que los muertos de la antigua Grecia.

En el Apocalipsis bíblico, la guerra es uno de los caballos de la destrucción, pero de todas maneras la tomábamos como una predicción de San Juan, si las aceptábamos con fe. Recuerdo que las primeras nociones reales de la guerra nos la presentaban las imágenes que las agencias de noticias enviaban sobre lo que ocurría en Vietnam. Los jóvenes de otrora solamente empezamos a dimensionar las guerras cuando la violencia atestó a los campesinos colombianos. Pero la guerra que afectaba esas zonas no llegaba a paralizar totalmente la economía colombiana, ni aterrorizar la cotidianidad citadina. Como alguna vez lo definió el profesor Diego Montaña Cuellar, vivíamos en Colombia, país real, país formal. La más reciente sensación de guerra la padecimos hace diez meses cuando se agudizó el estallido social y los helicópteros bélicos sobrevolaron por los barrios de las principales ciudades. ¿Qué pensará la niñez de este tiempo que todavía no sale de una pandemia, del estupor por las muertes de la resistencia y, ahora, escucha la noticia de que Rusia invade a Ucrania y el mundo se alerta de sufrir una tercera guerra mundial? Ángelo Papacchini, define la guerra como la negación sistemática de los derechos fundamentales y, en especial, del derecho a la vida. Actos demoniacos de la lucha por el poder, que somete con el lenguaje de las armas, sevicia, crueldad y violencia. Sigmund Freud, consideró que guerra es regresión a formas arcaicas de violencia, que saca a flote las pulsiones reprimidas y controladas por el desarrollo de la cultura. Jorge Iván Salazar, dice que, La Ilíada sigue haciendo resonar su fragor de espadas en nuestra era de misiles y armas químicas. Erich Hartmann, explica qué es la guerra: actos entre jóvenes que no se conocen y no se odian, pero que los obligan a matarse entre sí, por decisión de viejos que sí se conocen y se odian, pero ellos mismos no se matan. Roguemos a Dios, que “La guerra del fin del mundo”, sólo sea el título de la novela de Vargas Llosa.

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jueves 3 de marzo, 2022

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