La inseguridad en Cali, un eterno ‘deja vu’
Durante la reunión desarrollada entre el Concejo de Cali y el Ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, tuve la frustrante sensación de estar viviendo un ‘dejà vu’.
Y es que en esta ocasión, como en tantas anteriores, el escenario termina siendo el mismo, pero con diferentes actores, y nos quedamos diagnosticando una realidad tantas veces diagnosticada: Cali, nuestra amada casa común, es desde hace mucho la ciudad más violenta de Colombia.
Esto es producto de varios factores y una constante común: nuestra posición geográfica, que nos convierte en paso de negocios ilícitos y en receptáculo de todo tipo de gente, la situación socioeconómica, la informalidad y la falta de autoridad. Y la constante o el eje que une estas variables es el narcotráfico con su estela de decadencia y muerte.
Si bien indiscutiblemente es necesario entender las causas para poder atacarlas, el hecho de quedarnos solo en el análisis termina generando derrotismo e incertidumbre: cómo explicarle al ciudadano que sabemos lo que genera la enfermedad y conocemos sus consecuencias, pero no buscamos la cura; cómo explicarle a la gente que pese a la gravedad de la situación, apenas el 1.5 por ciento de nuestro presupuesto está destinado a enfrentar este flagelo.
En otras palabras, necesitamos algo así como 150.000 millones de pesos anuales de los cuales escasamente contamos con 65.000 millones de pesos. Y es que hablar de mejorar la seguridad sin recursos es similar a lo que propuso inicialmente el presidente de México, López Obrador, de enfrentar el Covid a punta de estampitas religiosas.
Es decir, no tiene sentido, porque por un lado evidencia el nivel real de importancia que se le da el tema y, por otro, nos coloca en posición de desventaja, más cuando el rival a vencer, la delincuencia, se rehace, se renueva y se fortalece con negocios lucrativos como el microtráfico y el ‘gota a gota’.
Evidentemente este flagelo debe ser enfrentado en 2 escenarios: el primero es la inversión social, pero la ausencia de esta no debe servir de excusa ni para justificar el delito ni para dejar de actuar con contundencia y tomar las medidas que garanticen la protección de lo esencial, lo básico de toda estructura social, que es la vida.
Por eso, desde la orilla que represento, soy un convencido que una parte vital de la solución tiene que ver con estrategias y praxis donde no nos dé temor ni culpa ejercer el principio de autoridad. Sin evasivas hay que coger el toro por los cachos.
Ante nuestra realidad presupuestal, si nuestro Ministro de Defensa vallecaucano desea ayudarnos, lo primero que podría hacer, porque es de su absoluta competencia, sería asumir el porcentaje que aporta Cali para el sostenimiento de la Policía. Esta posibilidad liberaría 25.000 millones de pesos que podrían ser utilizados en tecnología.
Mientras aquí seguimos hablando cámaras, la tecnología en seguridad ha evolucionado hacia algoritmos de predicción, puestos de comando con inteligencia artificial. Por otro lado, se debe explorar la generación de un ingreso con destinación específica para la seguridad.
¡Ojo!, no se trata de crear nuevos tributos, sino tener la voluntad política para incluir dentro de los nuevos empréstitos un rubro para esto.
A nivel de estrategia y ante la falta de pie de fuerza, resulta paradójico que la ciudad más violenta del país sea la que cuenta con menos policías por habitante.
Se deben buscar alternativas que incluyan reestructurar el concepto estático de los cuadrantes. Es inaudito pensar en cuadrantes rígidos mientras la delincuencia se mueve, eso hace que seamos poco operativos para enfrentar el delito.
Unido a esto hay sectores en particular donde se han detectado la presencia de estructuras criminales de alta envergadura que deberían ser controladas por un cuerpo élite de Policía Militar conformada por soldados profesionales.
Además de fortalecer la Policía Comunitaria para reafirmar y romper la desconfianza de la comunidad hacia la autoridad y, adicional a eso, redinamizar la red de cooperantes, que cuenta con cerca de 60.000 personas entre guardas de seguridad privados y taxistas. Así podemos tener cubrimiento real en toda la ciudad.
La gran realidad es que frente a lo que está sucediendo debemos dejar a un lado la eterna disertación y el eterno análisis, evitar enredarnos en ‘macartizar’ las propuestas con tintes ideológicos, dejar de transitar los caminos tantas veces recorridos y romper con hechos y acciones el eterno ‘deja vu’ que no nos lleva a ninguna parte.