La mal llamada dosis mínima

Miguel Yusty

Estoy seguro que los dueños del microtráfico, incluidos algunos miembros de la Policía y los señores de la droga, deben continuar la fiesta de celebración por la nefasta decisión de meterle más alcahuetería a la mal llamada dosis mínima.

Los padres de familia, que además padecen la consolidación de la extorsión y el fortalecimiento de las pandillas, deben estar angustiados por la sentencia que liberaliza el accionar de los agentes del microtráfico, al seguir apostándole a la confusa separación del jíbaro, con el adicto.

No hay cosa más peligrosa que el gobierno de los jueces, pero no hay conducta más trágica que cuando estos no conocen la realidad. La tragedia del adicto no se soluciona acogiendo el saludo a la bandera de la OMS,  que lo considera un enfermo. La adicción es el soporte del tráfico de drogas, el infierno de ésta, es de 24 horas, no tiene tregua, no da cuartel.

El adicto vive por y para el consumo. Trafica y forma parte de la cadena y es el punto más importante de la complicidad, el secreto y la promoción.

Causa risa el sustento de esta decisión, pues el microtráfico no es tan pequeño como su nombre lo indica, si no que es tan rentable como el comercio exterior de droga.

Con más rentabilidad, pues en la cadena de distribución operan variables que como la corrupción de la Policía y del aparato judicial, lo han convertido en el epicentro de la violencia urbana, y en el escenario donde se van a librar las más duras luchas contra la criminalidad en el postconflicto.

Trivializar el consumo de drogas, renunciando al control, es convertir en caricatura la relación del adicto con el crimen y la ilegalidad.

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    jueves 17 de marzo, 2016

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