La mala hora de Europa
Cuando hablamos del viejo continente, inmediatamente se nos viene a la cabeza referencias de historia, cultura, arte, altos índices de educación y por supuesto también prosperidad económica con altos niveles de desarrollo humano y social, una referencia derivada de la realidad que esta es la zona que alberga el mayor número de países considerados como “desarrollados” en el mundo, tanto así que cuatro de los siete miembros del G-7 son europeos: Alemania, Reino Unido, Francia e Italia.
También es cierto, que la política mundial durante cinco siglos de manera consecutiva hasta la segunda guerra mundial a mediados del siglo pasado, giraba en torno a las dinámicas propias de las realidades y apuestas económicas y militares de los países europeos.
Sin embargo, a partir del este conflicto, la relevancia de los otrora decisivos países, se vio menguada con el surgimiento de nuevos poderes de carácter global que poco a poco fueron eclipsando su influencia internacional.
A pesar de este declive político, económico y militar, sus niveles de desarrollo humano se mantuvieron siempre en la parte alta de los estándares mundiales, brindándole a sus ciudadanos (por lo menos en la Europa occidental) realidades de prosperidad envidiables para la mayoría de los habitantes del planeta.
Sin embargo, empujados por su cada vez menor relevancia en el concierto económico mundial, en Europa desde la década de los años 50 se comienza a dar la discusión de integración regional, un proceso que llegó a su momento cumbre en el año 2002 con la entrada en vigencia del espacio “comunitario”, en el cual 13 países adoptaron tres pilares fundamentales para actuar de manera conjunta: cooperación judicial y policial; política exterior y protección de fronteras (Shengen); y política económica a través de la entrada en circulación de una moneda común.
Sin duda, este ha sido un ejemplo en materia de integración que en sus inicios dio muestras de tener el potencial para posicionarse nuevamente como un actor de primer orden en el concierto internacional, sin embargo, como todo proceso, especialmente en materia económica, ha tenido que enfrentar enormes desafíos y dificultades.
Es en términos económicos precisamente donde la UE, especialmente la denominada “zona Euro” (19 de los 27 países que la conforman), ha presentado uno de los puntos más álgidos de discusión para la perdurabilidad del ejercicio.
La recesión de 2007, el Covid-19 y la guerra Ruso-Ucraniana, han puesto en jaque la integridad de la unión, a tal punto que uno de los países más importantes por su peso político, económico y militar, en el año 2020, puso fin a su proceso de integración comunitaria: Reino Unido, un golpe sin duda muy fuerte para el proyecto, así no haya estado integrado monetariamente al ejercicio.
La unidad monetaria en sí misma es un enorme desafío, pues significa la renuncia a la soberanía económica para dictar políticas fiscales acordes y flexibles de acuerdo a la realidad, en muchos casos distinta de cada uno de los países.
Es por esta, entre muchas otras razones, que la crisis de deuda de los países mediterráneos (Grecia, Portugal, España e Italia), ha representado un desafío mayúsculo para la unidad, ya que las políticas dictadas por el Banco Central Europeo, no han sido efectivas para incentivar a estos países a controlar sus actuaciones fiscales, implementando políticas de “austeridad” que han impactado a la población, pero no han sido efectivas para el control de las finanzas públicas.
El anterior no es un dato no menor, ya que por ejemplo Italia, la tercera economía de la UE, presenta un nivel de endeudamiento cercano al 153% del PIB y a su vez hay un creciente rechazo ciudadano hacia la permanencia italiana en el proyecto de integración, situación palpable con la elección de Giorgio Meloni, quien ha sostenido durante toda su carrera política un discurso abiertamente contra la integración europea como se conoce hoy.
El mundo no la tiene fácil de cara al 2023, sin embargo, Europa afronta desafíos mayúsculos adicionales, no solo en términos económicos y sociales, sino de seguridad, a lo cual se ha sumado una creciente inestabilidad política que afecta a dos de los países más importantes en términos económicos y militares del continente, Italia y Reino Unido, en este último, por ejemplo, se presentó un hecho sin precedentes, la dimisión de su primer ministro, Lizz Truss, con tan solo 45 días de mandato, algo que sin duda agrega “leña a la fogata” ya encendida en el viejo continente.
Si a lo anterior le adicionamos que los niveles de endeudamiento como porcentaje del PIB están por las nubes (189% Grecia, 153% Italia, 118% España y 114% Francia), qué sumado a las bajas tasas de crecimiento, la incertidumbre económica global y la guerra tocando sus puertas, se comienza a gestar la idea de la posibilidad de una bancarrota colectiva, especialmente en los denominados países “mediterráneos”.
Con este escenario, Europa tendrá que hacer gala de sus históricamente afamadas capacidades académicas e intelectuales para salir avante y que no se haga realidad su “mala hora”.