La noche
Llevo tiempo desarrollando emprendimientos alrededor de la industria del entretenimiento y la diversión, y he encontrado que esta industria particular y entretenida tiene en la magia de la noche su espacio vital, temporal y casi que exclusivo.
Pero también he descubierto que la noche es una palabra que para muchos es sinónimo de oscuridad, tinieblas y, sobre todo, de mal.
Un extraño paradigma que parece forjado en el horno de un aparente establishment invisible, represor, maquiavélico e inquisitorial.
Son doce horas de luz y doce horas de no luz. Así ha sido desde el principio y así será hasta el final de los tiempos. Entonces, ¿por qué no aprovechar las dos caras de la moneda para construir sociedad y generar bienestar?
El crecimiento de la población en las ciudades exige cada vez más recursos de por sí escasos. Y el recurso más escaso que tenemos todos siempre será el tiempo. Por esta razón involucrar a la noche en el circuito productivo es multiplicar por dos todas nuestras capacidades físicas.
Es permitir que el dinero rote un mayor número de veces en un ciclo enmarcado por 24 horas generando el prodigio de la multiplicación de las transacciones comerciales.
Hay muchos paradigmas aún por romper; tarde que temprano terminaran cayendo en la medida en que nuestra ciudad crezca.
Y en un futuro no muy lejano la noche no será ya sinónimo de tinieblas y oscuridad sino el de una palabra muy especial: libertad.
Una palabreja tan particular cuya sabida represión es la causa de muchos dolores de cabeza, trastornos e infelicidad.
Fue un poeta libanés quien escribió “No se puede llegar al alba sino por el sendero de la noche”. Comencemos, pues, a sacarle provecho a este sendero.