La OTAN, el desajuste transatlántico

Adrián Zamora

Tendrán que aprender a pelear solos. EE.UU. no estará para ayudarlos, igual que ustedes no estuvieron para nosotros”.

Ese fue un tweet del líder de la nación que ha apuntalado la arquitectura de seguridad continental durante más de siete décadas. Mientras tanto, la guerra en Irán escaló sin mediar consulta alguna, disparando el precio del gas en un 60%.

La OTAN, ese puente transatlántico que durante años soldó seguridad, economía y política comienza hoy a mostrar grietas profundas; es una mutación de fondo en el orden internacional.

Primero, conviene observar el mecanismo con cierta distancia. Durante décadas, Estados Unidos cargó con un peso desproporcionado en defensa, permitiendo que Europa internalizara los beneficios de esa protección.

Hoy, sin embargo, ese equilibrio se ve atenazado por dos fuerzas concurrentes: un electorado estadounidense crecientemente escéptico ante el multilateralismo y una Europa que, pese a su dependencia, se ve excluida de las decisiones críticas.

Por eso, cuando Washington actúa por cuenta propia y reclama apoyo a posteriori, lo que queda al desnudo no es solo una divergencia política, sino un desajuste estructural de los incentivos.

El contraste con crisis pretéritas permite calibrar la magnitud del momento actual. Ni en Vietnam ni en Irak se vieron comprometidos los intereses vitales de Europa a esta escala.

Hoy, en cambio, la energía, columna vertebral de la estabilidad industrial, está en el centro del tablero. El ataque al principal centro de gas licuado en Qatar, que provee casi la quinta parte del suministro mundial, proyecta sombras que tardarán años en desvanecerse.

A esto se añade un factor político ineludible: el respaldo ciudadano a la OTAN en Estados Unidos ha menguado, especialmente en las filas republicana.

Por su parte, la respuesta europea, lejos de proyectar unidad, ha vuelto a evidenciar una fragmentación persistente.

Mientras España optaba por el cierre de su espacio aéreo, Francia invocaba el derecho internacional para salvaguardar sus activos, Alemania se aferraba a su tradicional pragmatismo y Europa del Este mantenía su cierre de filas con Washington.

No es la primera vez que el continente actúa de forma dispersa, pero bajo una presión externa tan asfixiante, esa atomización no solo erosiona su capacidad de interlocución, sino que agudiza la asimetría dentro de la propia alianza.

Y las derivadas de este escenario no son menores, pues una energía encarecida presiona la inflación, encarece la producción y asfixia las arcas públicas.

Pero, paradójicamente, este incremento beneficia de forma indirecta a Rusia, alterando el precario equilibrio en el frente ucraniano.

En paralelo, el propio Estados Unidos enfrenta limitaciones operativas que estrechan su margen de maniobra. Es así como vemos que el puente de la OTAN se está agrietando por soportar hoy tensiones y cargas para las que nunca fue diseñado.

Lo que empieza a vislumbrarse, entonces, es una “europeización” forzosa de la seguridad, nacida más de la necesidad que de la planificación.

Europa se ve abocada a robustecer sus capacidades en defensa aérea, logística y producción militar, al tiempo que se ve obligada a redefinir sus nexos con Washington.

Y en ese contexto, la integración de Ucrania como un actor estratégico activo deja de ser una quimera lejana para convertirse en una opción de puro realismo político.

¿Es posible sostener una alianza cuando la confianza operativa se desvanece?, ¿posee Europa la entereza necesaria para asumir el coste político y fiscal que exige su autonomía?, ¿y hasta qué punto tolerará Estados Unidos un reequilibrio de poderes sin que su influencia se vea resentida en el proceso?

Lo que es seguro es que la OTAN no se encamina a la desaparición, pero tampoco saldrá intacta de este trance; se está transformando bajo el fragor de la contingencia.

Y si esa reconfiguración no se conduce con claridad estratégica ni con Europa tomando las riendas de su seguridad, el riesgo real será una erosión silenciosa que vaciará de contenido la razón de ser de la OTAN.

Porque en geopolítica, las alianzas rara vez se rompen de frente; se van diluyendo hasta que dejan de ser necesarias.

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lunes 20 de abril, 2026

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