La radio también agoniza
Quienes hemos podido vivir los últimos 80 años, y nos ha tocado la transformación cuando no la desaparición de muchos de los elementos, costumbres e instituciones que hicieron posible que el mundo llegara hasta hoy, nos inunda de melancolía ver cómo casi al mismo tiempo la radio, los libros, y los periódicos agonizan.
Probablemente quienes escriban la historia del mundo después de que terminó la segunda Guerra Mundial, irán a decir que fueron la modernidad apabullante y la incapacidad de satisfacer el ritmo que impusieron los nuevos descubrimientos y aparatos que se adueñaron de hasta la intimidad de nuestras vidas, los que acabaron con la radio y los impresos.
Probablemente no estarían diciendo mentiras, pero sería mejor pensar en que fue la incapacidad de ellos en asumir dignamente su relevo lo que les arrebató el altísimo grado de influencia que tuvieron en las sociedades que cohabitaron desde el siglo XX.
En Colombia, donde desde El Porvenir de Cartagena y El Tiempo de Bogotá dirigieron por décadas a este país don Rafael Núñez y el doctor Eduardo Santos, la agonía de las emisoras y los diarios nos debería tocar más profundamente y hacernos crecer la ingeniosidad.
Pero en la Colombia de hoy, donde hasta la imaginación la venden en catálogos de Temu o de Amazon, la solución que han encontrado es la de disfrazar su agonía.
Las crisis que viven las dos antiguas cadenas de radio que sobrevivían y la flacidez de los diarios que ya no circulan sino los domingos, no es más que una medida caritativa para esconder que murieron de hambre de pauta. Ya no se consiguen radios ni en los sanandresitos.
Tampoco llegan los diarios por debajo de la puerta cada mañana. Las hibridaciones digitales que se han dado a algunos apenas si les permiten boquear como peces sacados del estanque.
En plena era de los atropellos y el renacer de la fuerza bruta, radios, libros y periódicos terminarán siendo islotes donde refugiarnos los que hemos vivido demasiado.