La silla

Rodrigo Fernández Chois

“Cuando pasa el tiempo todo lo real adopta un aspecto de ficción.” Javier Marias

Eran las cinco, hora de la tarde que gustaba a María. “¿Cómo se siente hoy Don Eusebio?”, preguntó ella mientras empujaba la silla de ruedas por el parque Versalles sabiendo que tendría silencio por respuesta ya que el hombre de sesenta, era casi que un vegetal a causa de un derrame cerebral. A la segunda vuelta al parque María recordó que tenía que comprar las famosas pastillitas para evitar problemas de preñez. “Don Eusebio, espéreme tantico que no demoro.

Voy ahí al frente, compro una cosita y regreso. No se me vaya a ir”. El inválido observó cómo su niñera después de ajustar el freno de la silla de ruedas cruzó la transitada calle. María tras considerar diferentes marcas se decidió por la que tenía el empaque rosado, su color favorito.

Pagó, espero su cambio y regresó para buscar a su protegido, pero el viejo no estaba donde lo había dejado. Sintió que el corazón se le salía. “Don Eusebio, Don Eusebio” gritó desesperada.

Una mujer con un perro faldero le señaló la silla de cemento que estaba en medio del parque. María reconoció inmediatamente a Don Eusebio. Corrió y la dueña del perro también.

Ambas se pararon frente al inválido agitadas. “Mija, yo vi que cuando usted se fue pa la droguería vino un tipo, cargó al señor, lo sentó aquí y luego se llevó la silla de ruedas”. Don Eusebio las contemplaba alegar, manotear e incluso llorar mientras un rojo e intenso atardecer, que lo complació como nunca antes, ponía fin de manera coqueta a la tarde caleña.

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    miércoles 9 de noviembre, 2016

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