La vida es un carnaval
El carnaval de Pasto es la más antigua festividad de nuestro folclor, data desde 1546 como una celebración quillacinga precolombina.
Más tarde, aunque sabía que cuando los negros echaban harina a los blancos lo hacían como sátira social, el Virreinato Colonial admitió el carnaval mediante la expedición de un bando en 1607.
En 2009 la Unesco declaró el carnaval de Pasto y la Semana Santa de Popayán patrimonios culturales e inmateriales de la humanidad.
El reconocimiento simultáneo en honor a Pasto y Popayán, sedes íconos de las celebraciones, intuye que los carnavales siempre serán fiestas colectivas populares que precederán a los rigores de las cuaresmas.
Exceptuando lo ocurrido en España, que durante la dictadura de Francisco Franco sólo permitió las fiestas de primavera, los carnavales en todos los países siempre libremente exaltarán los placeres, se burlarán de las jerarquías, honrarán la abundancia y expresarán inconformidad por la tiranía.
Los carnavales son inherentes a los seres humanos, que Dante escribió en el Canto XXI de su Divina Comedia, clásico de la literatura universal, que en el infierno se respiraba un aire carnavelesco.
El Arcipreste de Hita en su Libro del Buen Amor, refiere la lucha entre Doña Cuaresma, sierva de Dios, y Don Carnal, representante de lo humano.
Existe una analogía entre la censura a los carnavales y la mordaza para los medios: callarán las expresiones populares.
A quienes los carnavales les provoque algún sinsabor, les recomiendo escuchar a Celia Cruz: “Carnaval, es para reír/ No hay que llorar, para gozar/ Carnaval, para disfrutar/ hay que vivir cantando/ Carnaval, la vida es un carnaval”.