Lo que no está en el programa

Edwin Maldonado

En 1828, Simón Bolívar suspendió la Constitución y asumió poderes extraordinarios. Argumentaba que las herramientas ordinarias ya no eran suficientes. En nombre de salvar la República, concentró el poder.

La historia latinoamericana está llena de episodios similares: líderes que empiezan viendo los límites institucionales como obstáculos para transformar el país y terminan convencidos de que solo concentrando poder pueden hacerlo.

Por eso, quizás lo más importante que está en juego en estas elecciones no son únicamente las propuestas económicas o sociales.

Lo verdaderamente trascendental es la relación que tendrán los próximos líderes con la democracia, las instituciones y los límites del poder.

En los últimos años, Colombia ha vivido una tensión creciente alrededor de ese tema.

El presidente Gustavo Petro ha insistido en hablar de un supuesto “bloqueo institucional” cada vez que el Congreso, las cortes o el Banco de la República toman decisiones contrarias a su gobierno.

Pero lo que algunos llaman “bloqueo institucional” muchas veces no es más que la democracia funcionando. Las democracias liberales existen precisamente para evitar que cualquier poder sea absoluto.

El problema comienza cuando un líder deja de ver esos límites como parte de la democracia y empieza a verlos como enemigos. Y ahí aparece la idea de una Asamblea Constituyente.

Aunque Petro firmó en campaña el compromiso de no convocarla, hoy ese escenario sigue vivo. Ya existe un comité de recolección de firmas y la narrativa del “poder constituyente” reaparece constantemente.

Y hay que entenderlo: una Asamblea Constituyente originaria puede modificar cualquier aspecto del orden constitucional, desde el equilibrio entre poderes hasta las reglas electorales o incluso la reelección presidencial.

Pero este debate no puede quedarse únicamente alrededor de Petro. Obliga a analizar la relación que tienen los candidatos presidenciales con la democracia y sus límites.

Porque el populismo y el autoritarismo no tienen un solo color ideológico.

Hay preguntas que ningún programa responde explícitamente, pero que lo definen todo: ¿Cómo reacciona un líder cuando las instituciones le dicen no? ¿Cómo construye mayorías quien no acepta que le lleven la contraria?

Iván Cepeda representa claramente la continuidad del proyecto político de Gustavo Petro. Preocupan la ambigüedad frente a la constituyente, la insistencia en la narrativa del poder constituyente y los cuestionamientos constantes a las instituciones cuando sus decisiones no coinciden con sus posiciones.

También habla de un “acuerdo nacional”, pero bajo una lógica preocupante: si las instituciones no avanzan en la dirección que considera correcta, reaparece la amenaza de impulsar reformas por decreto o revivir la Asamblea Constituyente como mecanismo de presión.

Además, una eventual continuidad prolongaría la capacidad de influencia de un mismo proyecto político sobre distintas instituciones mediante nombramientos y mayorías que constitucionalmente corresponden al Ejecutivo.

Las democracias necesitan alternancia no solo para cambiar gobiernos, sino también para evitar la concentración progresiva de influencia institucional.

Pero en el otro extremo también aparecen riesgos. Abelardo de la Espriella ha protagonizado ataques y confrontaciones con periodistas y medios de comunicación, además de mantener un tono permanente de confrontación frente a quienes piensan distinto.

Varias de sus propuestas difícilmente tendrían viabilidad institucional. ¿Cómo piensa concertar con el Congreso un candidato que reacciona con confrontación cada vez que alguien le lleva la contraria?

Paradójicamente, una eventual llegada suya al poder tendría mayores contrapesos institucionales inmediatos, precisamente porque no representaría la continuidad de un proyecto ya instalado en distintas instancias del Estado.

Pero eso no elimina la preocupación sobre el talante democrático y la relación con las instituciones.

En contraste, Paloma Valencia, Sergio Fajardo y Claudia López han sido explícitos en rechazar la Asamblea Constituyente y defender las reglas institucionales vigentes.

Los tres participaron en debates presidenciales a los que Cepeda y De la Espriella no asistieron, pese a haber sido invitados.

Ese gesto, pequeño en apariencia, dice mucho sobre el talante democrático: quien evita rendir cuentas ante los ciudadanos difícilmente aceptará hacerlo ante las instituciones.

Las democracias no se ponen a prueba cuando todo sale bien. Se ponen a prueba cuando el poder encuentra límites.

Por eso me preocupa que el país termine atrapado entre dos extremos que, aunque ideológicamente distintos, comparten rasgos similares: populismo, personalismo y confrontación con los contrapesos.

Porque más allá de las propuestas y las ideologías, quizás la pregunta más importante de estas elecciones es mucho más simple:

¿Quién está dispuesto a gobernar con límites… y quién parece decidido a enfrentarlos?

@edwinhmaldonado

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miércoles 13 de mayo, 2026

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