Me incomoda votar
Esta declaración unida a la opinión que reza “no me gusta la política”, son el cliché adoptado por los ciudadanos apáticos para rehuir el deber de asistir un día cada cuatro años a seleccionar un representante político que intérprete, defienda y tramite las soluciones para las necesidades comunitarias.
Curiosamente quienes no votan integran en su mayoría el colectivo de quienes tienen discrepancias con las soluciones emanadas desde las corporaciones públicas, pero convenientemente olvidan como con su abstención otorgan un voto tácito a quienes resultan escogidos en las eleciones. Así la inhibición se convierte en la puesta en escena de una comedia trágica en donde el habitante indiferente es un testigo mudo del desenlace de ella, aunque esta sea su peor pesadilla.
El desencanto causado por las malas prácticas políticas no puede ser una justificación para la tibieza frente a procesos y decisiones cuyos resultados pueden conllevar a menoscabos severos en la conservación del estilo de vida. Teresa de Calcuta compiló en una frase cuán importante resulta combatir el desinterés ciudadano y en ella manifiesta “Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”. Igualmente quienes se agrupan políticamente imponen su agenda a los demás.
Así mismo, resulta imposible no encontrar representantes en un panorama en donde coexisten todas las muestras del espectro político, desde la izquierda a la extrema derecha. Verdes, Partido de la U, Cambio Radical, Centro Democrático, Polo Alternativo, Mira, liberales y conservadores son la amplia gama de posibilidades para escoger.
Si un elector decide no sufragar, pierde la posibilidad de actuar para proteger los intereses particulares y los comunales del entorno en donde reside y queda sin el derecho a criticar las decisiones que se determinen.