Médicos
Algo invisible nos ha puesto en jaque. Lo que no pudieron los gobiernos, ni las reflexiones de políticos o filósofos dándonos pruebas de lo grave del cambio climático, lo pudo un ser microscópico. Una manera de volver a vivir la vida pausadamente.
Ese frenetismo que enloquece solo necesitó de una real amenaza para suspender cualquiera de las actividades que consideramos inaplazables. Pero la vida continúa, y allí están los líderes haciendo bien su trabajo, para llevar el barco a buen puerto.
También están unos trabajadores silenciosos que creemos infatigables, que a veces no son bien remunerados, pero que eligieron una profesión que es casi una consagración por el derecho a la salud y a la vida: Los médicos.
A ellos debemos toda la información exacta que se recibe (hay mucha falsa en redes sociales), como también los avances científicos para asumir esta dura batalla para conjurar el Covid-19. Son dedicados seres que se alejan de la realidad de sus familias para sumergirse en la atención de sus pacientes, de las urgencias que se presentan paralelo a la pandemia, del saber que hay quien depende de su conocimiento y pericia para salvar su vida.
A ellos, a quienes en ocasiones se maltrata y vulgariza, debemos agradecer el mantener la salud de nuestra población. Son como el chello en una orquesta, sosteniendo, forjando, y poco se observa.
Llevan, sin saberlo, incrustada en su ADN, esa frase de García Márquez en el párrafo final de “El amor en los tiempos del cólera”: “… Es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites”