Millón de amigos confinados
Este confinamiento, sin que vaya a expresar ninguna palabra de gratitud con la pandemia, hace reflexionar sobre cómo perdemos la realidad. Nos quejamos del confinamiento entre pantallas y plataformas, que obstaculiza la cercanía real con nuestros seres queridos. Pero tal como sucede con otro vicio que nos atrape, notamos sus efectos nocivos cuando nos saca de la normalidad. Antes hacíamos caso omiso de las amenazas de la virtualidad. Pero ahora sí nos quejamos de que sean inhumanas las fiestas infantiles virtuales.
Que es inhumano celebrar efemérides virtuales de familiares o de amigos. De que nunca imaginamos asistir a sepelios virtuales de seres queridos. Sólo caímos en la cuenta del veneno cuando nos lo suministraron en sobredosis. Recuerdo que recién llegaron los celulares a Colombia, un amigo me anunció en broma, que lanzarían modelos de Smartphone cada vez más inteligentes para satisfacer a consumidores cada día más tontos. Fue un chiste profético. Cuando Roberto Carlos cantó metafóricamente que “solo quería tener un millón de amigos”, no imaginó que medio siglo después algunos se jactarían de tener miles de seguidores, pero virtuales.
La vida real de los YouTube es solitaria, parecida al payaso que ríe por fuera aunque por dentro esté llorando. ¿Cuántos hoy quisiéramos regalar ramos de rosas naturales? ¿Cuántas tarjetas quisiéramos entregar personalmente? ¿Será que ahora en esta cárcel virtual recordemos que sólo enviábamos caritas y corazones virtuales? Nos deprime la soledad que también afecta a nuestros seres queridos y quisiéramos recibir sus abrazos. Las pocas veces que los visitamos, estábamos digitando, no los mirábamos a los ojos.