Naturaleza
Lo que estamos viviendo es una catástrofe. Más de 400 personas fallecidas, y más de siete mil contagiados por el coronavirus en Colombia es un cimbronazo de alarma, que nos pone en situación difícil, pero debemos asumirlo y decidir el futuro con la frente altiva.
Ante este panorama, algo aciago, no podemos olvidar el llamado que nos ha hecho el planeta en repetidas ocasiones. Quizá se cansó de decirnos, de mil maneras, que frenáramos el calentamiento global, que la tierra agoniza, que el Amazonas es fuego siendo el pulmón del mundo, que los niveles de contaminación del aire nos agobia, pero no hacemos algo para remediarlo.
Y, tal vez, la manera que ha tenido de repudiar nuestros actos es el virus que se esparce solícito y que parecía incontrolable, que obligó a que cesemos en esa búsqueda incesante en que permanecíamos de lograr los triunfos prontamente. Un afán incontrolable.
Este confinamiento ha permitido que la tierra respire abiertamente y nos enseñe sus esbelteces, sus cóndores reposando en balcones de edificios, jabalíes cruzando aceras con sus críos, delfines mostrando su plasticidad envidiable, pumas acechando en la noche de calles oscuras, y todos atónitos observamos que la vida aún da visos de alegría.
Toda esta tragedia me lleva a retornar al ensayo de William Ospina, quien hace ya algunos años nos decía que debíamos “parar en seco”, asumiendo sabiamente la frase de Montaigne : “que en nada se conoce tanto el brío de un potro como en la capacidad de parar en seco”, y eso, creo, es lo que ha hecho la naturaleza.