No más “doctorcitis”
Es plausible la idea del alcalde Maurice Armitage de pedir a sus empleados y a los ciudadanosque se acerquen a las dependencias municipales de que llamen a las personas apenas por su nombre y que en las peticiones escritas a los funcionarios sólo antepongan la palabra “Señor (a)”.
Esta idea del Alcalde, de manera paradójica, en vez de una simple alergia, en el fondo reivindica los títulos profesionales. La “doctorcitis” es un manoseo sin fundamento: llamamos doctor a
todos los empleados de corbata, aunque apenas hayan cursado bachillerato. Volvemos doctores a todas las personas con suerte de haberse vinculado a un puesto público, desde los recepcionistas, los patinadores y los archivistas.
En Colombia, país donde impera la “doctorcitis”, los nuevos profesionales tienen que viajar al exterior para adelantar su nivel de posgrado, maestría o doctorado.
Ellos buscan doctorarse en Argentina, Brasil, España, Estados Unidos, Inglaterra o Francia.
Es contradictoria nuestra costumbre de la “doctorsitis” si nos comparamos con España, cuyas universidades ofrecen doctorados y se usa la palabra Don para llamar respetuosamente a los profesionales y a los académicos. Razón le asiste a un amigo titulado en Harvard que se opone a que le requieran por Doctor porque considera que “doctor se le dice a cualquier…..” . Seguramente nuestro alcalde sí entiende que más que títulos profesionales, lo importante en los funcionarios públicos es la experiencia y su eficiencia.
En buena hora, antes que en nuestro país cogiera fuerza el otorgamiento de los doctorados honoris causa para congraciar a prestigiosos políticos, las universidades reglamentaron rigurosamente esta competencia de los consejos académicos.