Nos mataron a nueve
Después de 16 años del asesinato del humorista Jaime Garzón, la justicia de este país sigue en deuda con su familia y con quienes le seguimos recordando.
Garzón, pionero del humor político en la televisión colombiana, creía en la vida, en los demás, en la lucha por la gente y en un país en paz y con su contagiosa risa llenaba de esperanza a una patria lastimada por la expansión del paramilitarismo.
Colombia conmemora una vez más la muerte del que ha sido catalogado por muchos como el pedagogo político que nos enseñó a pensar y que lo llevó a convertirse en un peligro para los enemigos de la paz.
En junio de este año un fiscal de Bogotá estableció que la muerte de Dioselina Tibaná, Godofredo Cínico Caspa, Inti de la Hoz, Jhon Lenin, Nestor Elí, Emerson de Francisco, el militar del quemando central, Heriberto de la Calle y Jaime Garzón no pueden ser catalogados como un crimen de lesa humanidad porque no hubo perjuicio directo a una colectividad con características étnicas, religiosas o políticas. Es vergonzoso que aún no se haya podido castigar a los responsables del asesinato de esos nueve personajes y más aún cuando en el expediente del caso solo hay un acusado que ya está muerto: Carlos Castaño.
Colombia sigue amaneciendo sin el intrépido celador, sin la chismosa empleada del servicio, sin la reportera gomela, sin el joven antimperialista, sin el abogado de ultraderecha, sin el presentador del noticiero, sin el militar, sin el coqueto lustrador, sin el soñador Jaime Garzón. Volvemos a recordar la pregunta que alguna vez Jaime nos hizo: ¿Será que la muerte es el motor de la historia en Colombia?